Durante estos días hemos hablado bastante sobre el divorcio. Algunas preguntas han sido difíciles. Otras han tocado asuntos que durante años hemos dado por resueltos sin detenernos demasiado a comprobarlos. Pueden ver en https://www.facebook.com/Bereano.7?locale=es_LA
Hoy quiero ir un poco más lejos.
Llevo aproximadamente 35 años estudiando este tema. No porque me haya divorciado. Llevo treinta años casado y, gracias a Dios, hasta hoy he tenido un matrimonio estable y sólido. Mi interés nació por otra razón: he visto sufrir a personas que quiero y he visto también cómo algunas personas pierden su matrimonio y después sienten que perdieron su lugar en la iglesia. Esa es una de las razones por las que sigo estudiando el asunto.
Sigo creyendo firmemente en el matrimonio. Creo en el diseño de Dios, en el pacto y en la fidelidad. También creo que muchos matrimonios podrían salvarse si buscáramos ayuda antes de que todo estuviera destruido.
Precisamente por tomar en serio el matrimonio quiero tomar en serio también lo que la Biblia dice, y lo que no dice.
La pregunta de Mafalda
«Bereano, si me divorcié, ¿de qué exactamente tengo que pedirle perdón a Dios?»
La primera reacción de muchos creyentes probablemente sería:
«Pues de haberte divorciado».
Pero esperemos.
¿Dónde dice la Biblia que la condición de divorciado constituye, por sí misma, un pecado?
Esta pregunta es importante porque durante años hemos podido colocar bajo una sola palabra historias completamente diferentes.
Decimos: «divorciado».
Y ahí metemos a quien abandonó a su familia por otra persona. A quien fue abandonado. A quien fue infiel. A quien soportó una infidelidad. A quien ejerció violencia. A quien tuvo que huir de ella. A quien destruyó lentamente su matrimonio y a quien hizo cuanto pudo por salvarlo.
Todos terminan llevando la misma palabra.
Pero no necesariamente llevan la misma responsabilidad.
El propio libro (Conversaciones sobre el divorcio. de mi autoría) insiste en algo que considero fundamental: no todos los divorcios son iguales. Puede haber abandono, infidelidad, violencia, adicciones, mentiras, inmadurez y también matrimonios en los que ambos participaron durante años en el deterioro de la relación. Cada historia necesita verdad. No debemos fabricar culpa donde no existe, pero tampoco esconderla cuando nos pertenece.
Entonces, ¿estoy diciendo que el divorcio nunca involucra pecado?
No.
Y esta diferencia es fundamental.
Un divorcio puede estar rodeado de muchísimo pecado. Puede haber adulterio, mentira, abandono, egoísmo, violencia, dureza de corazón, irresponsabilidad. Incluso puede existir una decisión pecaminosa de abandonar un matrimonio que podía y debía conservarse.
Pero una cosa es identificar el pecado que produjo, acompañó o precipitó una ruptura y otra muy diferente convertir automáticamente la palabra «divorciado» en el nombre de un pecado.
Por eso mi convicción necesita expresarse cuidadosamente:
No encuentro en la Biblia un texto que catalogue el divorcio, por sí mismo y sin considerar sus circunstancias, como pecado.
Eso no rebaja la visión bíblica del matrimonio.
Nos obliga a examinar mejor cada historia.
Jesús no trató el divorcio como un asunto trivial
Cuando los fariseos se acercaron a Jesús para preguntarle acerca del divorcio, Jesús no respondió ofreciendo una fórmula sencilla. Los llevó hasta el principio:
«¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo?» (Mateo 19:4).
Después recordó que los dos llegan a ser una sola carne y afirmó:
«Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre» (Mateo 19:6).
Eso debe pesar en cualquier conversación cristiana sobre el divorcio.
Jesús no banalizó la ruptura matrimonial.
Nosotros tampoco deberíamos hacerlo.
Pero cuando continuó la conversación apareció otra expresión que no podemos ignorar: «por la dureza de vuestro corazón» (Mateo 19:8).
Ahí comienza a aparecer una pregunta diferente.
¿El problema es solamente el documento de divorcio o debemos mirar también aquello que ocurrió en el corazón y dentro del matrimonio antes de llegar hasta él?
Esa pregunta nos acompañará durante estas conversaciones.
Pablo nos obliga a mirar las circunstancias
En 1 Corintios 7 aparece una situación que los Evangelios no desarrollan de la misma manera. Pablo habla del creyente casado con una persona no creyente.
Mientras el otro quiera permanecer, Pablo no recomienda romper el matrimonio.
Pero después dice:
«Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios» (1 Corintios 7:15).
El libro plantea precisamente que la fidelidad bíblica exige mantener juntas dos realidades: la seriedad del pacto y la paz a la que Dios llama.
Eso significa que no podemos hablar responsablemente del divorcio ignorando las circunstancias que lo produjeron.
¿De qué debe arrepentirse entonces una persona divorciada?
De sus pecados.
Esa respuesta puede parecer demasiado sencilla, pero cambia mucho la conversación.
Si mentiste, arrepiéntete de haber mentido.
Si fuiste infiel, arrepiéntete de tu infidelidad.
Si abandonaste irresponsablemente, tendrás que enfrentar esa responsabilidad.
Si maltrataste, no escondas el maltrato detrás de explicaciones religiosas.
Si tu orgullo hizo imposible cualquier conversación, tendrás que reconocerlo.
Y si contribuiste durante años al deterioro de tu matrimonio, no utilices los errores del otro para evitar mirar los tuyos.
Pero también puede existir alguien que necesite escuchar otra cosa:
No tienes que confesar como pecado aquello que no fue tu pecado.
Hay personas que, además de haber sufrido la ruptura de su matrimonio, llevan años intentando arrepentirse de una culpa que quizá nunca les perteneció. El libro habla precisamente de personas que han cargado con culpas ajenas.
Eso también necesita atención pastoral.
La iglesia necesita aprender a hacer mejores preguntas
Tal vez durante demasiado tiempo nuestra primera pregunta ha sido:
«¿Es divorciado?»
Quizá necesitamos preguntar:
«¿Qué ocurrió?»
«¿Quién hizo qué?»
«¿Hubo pecado?»
«¿Hubo abandono?»
«¿Hubo arrepentimiento?»
«¿Qué se intentó reparar?»
«¿Qué está haciendo Dios ahora en esa persona?»
La palabra divorciado nos informa sobre el estado civil de alguien.
No necesariamente nos cuenta su historia.
Y mucho menos nos permite conocer automáticamente su culpabilidad.
Defender el matrimonio no exige destruir al divorciado. Esa frase ya estaba en el corazón del libro y quiero conservarla en el corazón de estas conversaciones.
Mañana quiero avanzar un poco más.
Porque si esta primera convicción es correcta, aparece inmediatamente otra pregunta:
¿Podemos juzgar todos los divorcios de la misma manera?
Creo que no.
