Introducción
Cuando decimos que el mundo está hecho un caos, casi siempre miramos hacia afuera. Pensamos en guerras, corrupción, polarización, violencia, crisis familiares, confusión moral, redes convertidas en campos de batalla e instituciones que pierden credibilidad. Después buscamos responsables: un gobierno, un partido, una ideología, los medios, las redes, la educación o la tecnología. Todo eso puede contribuir al desorden, pero la Biblia va más profundo. El caos no es una fuerza abstracta. Lo producen hombres cuyo carácter ha sido permeado por el pecado.
Por eso resulta tan revelador que Pablo, cuando anuncia que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos, no empiece describiendo terremotos, guerras o colapsos políticos. Empieza describiendo personas: amadoras de sí mismas, avaras, vanagloriosas, soberbias, ingratas, implacables, intemperantes, amantes de los placeres más que de Dios y, para completar el cuadro, capaces de conservar apariencia de piedad mientras niegan su poder. Los tiempos son peligrosos porque existen personas peligrosamente formadas.
Detrás del caos hay carácter
El egoísmo produce caos. La avaricia produce caos. La soberbia produce caos. La ingratitud, la crueldad, la falta de dominio propio y el amor desordenado al placer producen caos. El pecado nunca permanece encerrado en el corazón. Tarde o temprano toma decisiones, establece relaciones, administra recursos, ejerce autoridad, educa hijos, dirige empresas, ocupa púlpitos, crea instituciones y construye cultura.
Por eso podemos cambiar una estructura y conservar intacto el problema. Podemos cambiar nombres, dirigentes, leyes, métodos y discursos. Pero si el hombre sigue siendo el mismo, tarde o temprano vuelve a producir el mismo desorden. El caos exterior termina siendo, muchas veces, la expresión colectiva del caos interior.
Génesis 3 lo muestra con una claridad incómoda. El jardín todavía estaba intacto cuando comenzó el problema. No había guerra, pobreza ni violencia. Había una conversación: «¿Conque Dios os ha dicho...?». La serpiente comenzó cuestionando la Palabra, pero el desorden apareció primero dentro del ser humano. La criatura empezó a desconfiar del Creador, el deseo comenzó a ocupar el lugar de la obediencia y el hombre imaginó que podía decidir por sí mismo qué era bueno y qué era malo. Después vinieron la vergüenza, la acusación, la ruptura y, más adelante, Caín. El caos de afuera comenzó con un corazón que había perdido su centro.
El problema no es solamente lo que pensamos
A veces creemos que resolveremos el caos enseñando ideas correctas. Las ideas importan. La doctrina importa. La verdad importa. Pero Pablo no describe solamente personas que piensan equivocadamente. Describe carácter. Alguien puede sostener ideas correctas y continuar siendo soberbio. Puede conocer doctrina y ser implacable. Puede defender la familia y destruir la suya con la manera como trata a los demás. Puede hablar de santidad y vivir obsesionado con el reconocimiento. Puede denunciar la mentira y compartir una falsedad porque favorece a su grupo. Puede defender la verdad sin parecerse al Dios de la verdad.
Esa es la razón por la que la expresión «apariencia de piedad» resulta tan seria. El caos puede aprender vocabulario cristiano. Puede cantar, predicar, servir, asistir, levantar las manos y citar la Biblia. Puede parecer ordenado por fuera y seguir intacto por dentro. El problema no se resuelve maquillando al viejo hombre. Se resuelve cuando Dios comienza a formar uno nuevo.
El caos también forma personas
Nuestro tiempo tiene muchos formadores de carácter. El algoritmo forma. La publicidad forma. Las redes forman. El entretenimiento forma. La política forma. Cada una de esas voces nos dice qué debemos amar, qué debemos temer, qué debemos perseguir, quién merece nuestra indignación y qué significa tener una vida exitosa. No solo consumimos información. Somos formados por aquello que escuchamos, repetimos y admiramos.
Entonces la pregunta no es únicamente cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla, sino qué clase de persona está produciendo en nosotros lo que consumimos cada día. Podemos volvernos más impacientes, más narcisistas, más agresivos, más ansiosos, más dependientes de aprobación, más incapaces de escuchar y más seguros de tener siempre la razón. El caos no solo ocurre delante de nosotros. Puede ir construyéndose dentro de nosotros.
No necesitamos un hombre viejo mejor administrado
Aquí aparece el límite de muchas soluciones humanas. Queremos mejorar al hombre sin cambiar al hombre. Le damos educación, tecnología, información, oportunidades, leyes e instituciones. Todo eso puede ser bueno y necesario, pero ninguna de esas cosas resuelve por sí sola el problema fundamental del corazón. Un hombre egoísta con más poder puede producir más caos. Un hombre avaro con mejores herramientas puede producir más caos. Un hombre soberbio con una audiencia mayor puede producir más caos. Un hombre sin dominio propio con más libertad puede producir más caos.
La respuesta de Dios es más profunda. El evangelio no busca simplemente hacer más competente al viejo hombre. Busca formar un nuevo hombre. No se limita a perdonar lo que hicimos. Comienza a transformar lo que somos.
La respuesta al caos es un nuevo hombre
Donde el viejo hombre se ama a sí mismo de manera desordenada, el nuevo aprende a amar a Dios y al prójimo. Donde el viejo hombre es avaro, el nuevo aprende generosidad. Donde necesita reconocimiento, aprende servicio. Donde responde con violencia, aprende mansedumbre. Donde vive gobernado por sus apetitos, aprende dominio propio. Donde miente para protegerse, aprende verdad. Donde necesita imponer su voluntad, aprende a decir: «Hágase tu voluntad».
Por eso el Nuevo Testamento no presenta la obra de Dios solamente como un cambio de ideas, sino como una nueva creación, una renovación de la mente, un despojarse del viejo hombre y vestirse del nuevo. La meta no es producir un hombre simplemente religioso, informado o disciplinado. La meta es formar una persona cuyo carácter refleje el carácter de Dios y se parezca cada vez más a Cristo.
El contraste con 2 Timoteo 3 resulta entonces evidente. El pecado produce un carácter y el Espíritu produce otro. Frente al egoísmo aparece el amor. Frente a la violencia, la mansedumbre. Frente a la ansiedad de control, la paz. Frente a la impaciencia, la paciencia. Frente al desorden de los apetitos, el dominio propio. El caos tiene carácter. El Reino también.
La Palabra debe hacer exégesis de nosotros
Aquí está el corazón de lo que llamo exégesis del caos. Nos gusta usar la Biblia para interpretar lo que ocurre en el mundo, y debemos hacerlo. Pero antes necesitamos permitir que la Biblia interprete nuestro propio carácter. Antes de preguntar qué está pasando allá afuera, conviene preguntar qué está pasando aquí adentro.
Puedo descubrir la manipulación de los medios y seguir siendo manipulado por mi orgullo. Puedo denunciar el materialismo y vivir obsesionado con el dinero. Puedo defender la familia mientras descuido la mía. Puedo preocuparme por la verdad y compartir una mentira porque favorece a quienes considero de mi lado. Puedo hablar de los últimos tiempos y permitir que el miedo gobierne mis días. Puedo estudiar tanto el caos que termine pareciéndome a aquello que critico.
La Biblia no fue dada solamente para ayudarnos a identificar lo que está mal en nuestra época. Fue dada para impedir que terminemos convirtiéndonos en aquello que denunciamos. La Palabra no solo interpreta el mundo. Nos interpreta a nosotros, nos corrige, nos desnuda, nos forma y nos conduce hacia Cristo.
El mundo necesita otro tipo de hombre
Podemos mejorar leyes, instituciones, gobiernos, empresas y sistemas. Debemos hacerlo cuando sea necesario. Pero ninguna sociedad será mejor de manera duradera si el carácter de quienes la componen permanece gobernado por el mismo pecado. Por eso el evangelio comienza una obra más radical: toma al hombre viejo y empieza a formar uno nuevo.
No simplemente un hombre conservador. No simplemente un hombre progresista. No simplemente un hombre que conoce versículos. No simplemente un hombre capaz de identificar todo lo que está mal en los demás. Un hombre cuyo carácter empieza a parecerse al carácter de Dios.
Allí comienza la verdadera respuesta al caos.
Cuando Pablo dice que vendrán tiempos peligrosos, la pregunta más importante no es solamente qué tan malos serán esos tiempos. También debemos preguntar qué clase de hombres producirán. Y el cristiano debe hacerse una pregunta todavía más seria: ¿qué clase de hombre quiere formar Dios en mí mientras vivo en medio de ellos?
El caos lo producen hombres cuyo carácter ha sido permeado por el pecado. Por eso no será vencido simplemente con mejores estructuras, mejores discursos o mejores estrategias. Se necesita un nuevo hombre, transformado por la Palabra, gobernado por el Espíritu y formado en el carácter de Cristo.
La gran batalla de nuestro tiempo quizá no sea solamente por aquello que el cristiano cree, sino por aquello en lo que se está convirtiendo.