jueves, 8 de octubre de 2026

¿ES EL DIVORCIO, EN SÍ MISMO, UN PECADO? Una convicción que quiero explicar



Durante estos días hemos hablado bastante sobre el divorcio. Algunas preguntas han sido difíciles. Otras han tocado asuntos que durante años hemos dado por resueltos sin detenernos demasiado a comprobarlos. Pueden ver en https://www.facebook.com/Bereano.7?locale=es_LA

Hoy quiero ir un poco más lejos.

Llevo aproximadamente 35 años estudiando este tema. No porque me haya divorciado. Llevo treinta años casado y, gracias a Dios, hasta hoy he tenido un matrimonio estable y sólido. Mi interés nació por otra razón: he visto sufrir a personas que quiero y he visto también cómo algunas personas pierden su matrimonio y después sienten que perdieron su lugar en la iglesia. Esa es una de las razones por las que sigo estudiando el asunto. 

Sigo creyendo firmemente en el matrimonio. Creo en el diseño de Dios, en el pacto y en la fidelidad. También creo que muchos matrimonios podrían salvarse si buscáramos ayuda antes de que todo estuviera destruido. 

Precisamente por tomar en serio el matrimonio quiero tomar en serio también lo que la Biblia dice, y lo que no dice.

La pregunta de Mafalda

«Bereano, si me divorcié, ¿de qué exactamente tengo que pedirle perdón a Dios?»

La primera reacción de muchos creyentes probablemente sería:

«Pues de haberte divorciado».

Pero esperemos.

¿Dónde dice la Biblia que la condición de divorciado constituye, por sí misma, un pecado?

Esta pregunta es importante porque durante años hemos podido colocar bajo una sola palabra historias completamente diferentes.

Decimos: «divorciado».

Y ahí metemos a quien abandonó a su familia por otra persona. A quien fue abandonado. A quien fue infiel. A quien soportó una infidelidad. A quien ejerció violencia. A quien tuvo que huir de ella. A quien destruyó lentamente su matrimonio y a quien hizo cuanto pudo por salvarlo.

Todos terminan llevando la misma palabra.

Pero no necesariamente llevan la misma responsabilidad.

El propio libro (Conversaciones sobre el divorcio. de mi autoría) insiste en algo que considero fundamental: no todos los divorcios son iguales. Puede haber abandono, infidelidad, violencia, adicciones, mentiras, inmadurez y también matrimonios en los que ambos participaron durante años en el deterioro de la relación. Cada historia necesita verdad. No debemos fabricar culpa donde no existe, pero tampoco esconderla cuando nos pertenece. 

Entonces, ¿estoy diciendo que el divorcio nunca involucra pecado?

No.

Y esta diferencia es fundamental.

Un divorcio puede estar rodeado de muchísimo pecado. Puede haber adulterio, mentira, abandono, egoísmo, violencia, dureza de corazón, irresponsabilidad. Incluso puede existir una decisión pecaminosa de abandonar un matrimonio que podía y debía conservarse.

Pero una cosa es identificar el pecado que produjo, acompañó o precipitó una ruptura y otra muy diferente convertir automáticamente la palabra «divorciado» en el nombre de un pecado.

Por eso mi convicción necesita expresarse cuidadosamente:

No encuentro en la Biblia un texto que catalogue el divorcio, por sí mismo y sin considerar sus circunstancias, como pecado.

Eso no rebaja la visión bíblica del matrimonio.

Nos obliga a examinar mejor cada historia.

Jesús no trató el divorcio como un asunto trivial

Cuando los fariseos se acercaron a Jesús para preguntarle acerca del divorcio, Jesús no respondió ofreciendo una fórmula sencilla. Los llevó hasta el principio:

«¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo?» (Mateo 19:4).

Después recordó que los dos llegan a ser una sola carne y afirmó:

«Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre» (Mateo 19:6).

Eso debe pesar en cualquier conversación cristiana sobre el divorcio.

Jesús no banalizó la ruptura matrimonial.

Nosotros tampoco deberíamos hacerlo.

Pero cuando continuó la conversación apareció otra expresión que no podemos ignorar: «por la dureza de vuestro corazón» (Mateo 19:8).

Ahí comienza a aparecer una pregunta diferente.

¿El problema es solamente el documento de divorcio o debemos mirar también aquello que ocurrió en el corazón y dentro del matrimonio antes de llegar hasta él?

Esa pregunta nos acompañará durante estas conversaciones.

Pablo nos obliga a mirar las circunstancias

En 1 Corintios 7 aparece una situación que los Evangelios no desarrollan de la misma manera. Pablo habla del creyente casado con una persona no creyente.

Mientras el otro quiera permanecer, Pablo no recomienda romper el matrimonio.

Pero después dice:

«Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios» (1 Corintios 7:15).

El libro plantea precisamente que la fidelidad bíblica exige mantener juntas dos realidades: la seriedad del pacto y la paz a la que Dios llama. 

Eso significa que no podemos hablar responsablemente del divorcio ignorando las circunstancias que lo produjeron.

¿De qué debe arrepentirse entonces una persona divorciada?

De sus pecados.

Esa respuesta puede parecer demasiado sencilla, pero cambia mucho la conversación.

Si mentiste, arrepiéntete de haber mentido.

Si fuiste infiel, arrepiéntete de tu infidelidad.

Si abandonaste irresponsablemente, tendrás que enfrentar esa responsabilidad.

Si maltrataste, no escondas el maltrato detrás de explicaciones religiosas.

Si tu orgullo hizo imposible cualquier conversación, tendrás que reconocerlo.

Y si contribuiste durante años al deterioro de tu matrimonio, no utilices los errores del otro para evitar mirar los tuyos.

Pero también puede existir alguien que necesite escuchar otra cosa:

No tienes que confesar como pecado aquello que no fue tu pecado.

Hay personas que, además de haber sufrido la ruptura de su matrimonio, llevan años intentando arrepentirse de una culpa que quizá nunca les perteneció. El libro habla precisamente de personas que han cargado con culpas ajenas. 

Eso también necesita atención pastoral.

La iglesia necesita aprender a hacer mejores preguntas

Tal vez durante demasiado tiempo nuestra primera pregunta ha sido:

«¿Es divorciado?»

Quizá necesitamos preguntar:

«¿Qué ocurrió?»

«¿Quién hizo qué?»

«¿Hubo pecado?»

«¿Hubo abandono?»

«¿Hubo arrepentimiento?»

«¿Qué se intentó reparar?»

«¿Qué está haciendo Dios ahora en esa persona?»

La palabra divorciado nos informa sobre el estado civil de alguien.

No necesariamente nos cuenta su historia.

Y mucho menos nos permite conocer automáticamente su culpabilidad.

Defender el matrimonio no exige destruir al divorciado. Esa frase ya estaba en el corazón del libro y quiero conservarla en el corazón de estas conversaciones. 

Mañana quiero avanzar un poco más.

Porque si esta primera convicción es correcta, aparece inmediatamente otra pregunta:

¿Podemos juzgar todos los divorcios de la misma manera?

Creo que no.

jueves, 1 de octubre de 2026

Si Odias, Ya Perdiste - Cuando la lucha por la justicia te hace olvidar a tu prójimo Mateo 25:31–46

 Hay una manera de preocuparse por los pobres que termina produciendo odio hacia los ricos. Hay una manera de defender al trabajador que termina viendo al empresario como enemigo. Hay una manera de hablar de justicia social que necesita encontrar culpables antes de encontrar soluciones. También existe el otro extremo: personas que hablan de esfuerzo, libertad y responsabilidad individual mientras consiguen explicar la pobreza sin acercarse jamás al pobre.

Jesús incomoda a ambos.

En Mateo 25 no encontramos un tratado de economía ni una explicación detallada de las causas de la desigualdad. Jesús coloca delante de nosotros algo mucho más difícil de esquivar: una persona con hambre, otra que necesita acogida, una que está enferma, otra que está presa. Luego pregunta qué hicimos cuando estuvieron delante de nosotros.

Nosotros probablemente habríamos comenzado por otras preguntas.

¿Quién permitió que tuviera hambre? ¿Por qué el Estado no hizo nada? ¿Quién concentra la riqueza? ¿Por qué no trabajó? ¿Qué sistema económico produjo su pobreza? ¿Quién tiene la culpa?

Algunas de esas preguntas pueden ser legítimas. Incluso necesarias. Jesús simplemente no permite que las utilicemos para evitar la que nos corresponde.

¿Qué hiciste tú?

Ahí comienza la incomodidad de Mateo 25.

El pobre puede convertirse fácilmente en argumento. Sirve para defender una ideología, atacar un gobierno, cuestionar al empresario, justificar una política pública o combatirla. Mientras discutimos acerca de él corremos el peligro de olvidar algo elemental: el pobre no es una categoría económica.

Es una persona.

Tiene nombre.

Tiene hambre.

Y está delante de nosotros.

La preocupación cristiana por la justicia no comenzó con Marx. Muchísimo antes, los profetas denunciaban al poderoso que aplastaba al débil. Isaías llamaba a defender al agraviado. Amós denunciaba a quienes pisoteaban al pobre. Santiago llegó a hablar del salario retenido al trabajador y del clamor que llegaba hasta Dios.

La Biblia nunca ha sido indiferente frente a la explotación.

Por eso sería un error utilizar el evangelio para santificar cualquier sistema económico, como si el Reino de Dios pudiera identificarse plenamente con uno de ellos. Pero sería igualmente peligroso adoptar una explicación política completa del ser humano, de la sociedad y de la justicia, y después colocar algunos versículos encima para hacerla parecer cristiana.

El cristiano puede escuchar una denuncia y reconocer que existe una injusticia verdadera. Puede examinar estructuras. Puede denunciar abusos. Puede pedir mejores leyes. Puede exigir transparencia. Puede defender al trabajador. Puede cuestionar al gobernante. Puede llamar al empresario a tratar justamente a quienes trabajan para él.

Pero nuestra comprensión del problema humano va más profundo.

El pecado no vive solamente en una clase social.

Puede instalarse en el palacio y en la choza. Puede vivir detrás del escritorio del empresario y en el corazón del trabajador. Puede corromper al gobernante y también al que protesta contra él.

Cambiar estructuras puede ser necesario.

Cambiar el corazón sigue siendo indispensable.

De lo contrario, simplemente cambiamos quién tiene el poder.

Por eso el resentimiento es una señal que debemos vigilar cuando aparece en nuestra búsqueda de justicia. Podemos haber identificado correctamente una injusticia y estar respondiendo a ella con un corazón que también necesita ser corregido.

Es posible tener razón acerca de la pobreza y estar equivocados respecto al prójimo.

Es posible denunciar la opresión y terminar odiando al que consideramos opresor.

Y si odias, ya perdiste.

No porque la injusticia haya dejado de ser injusticia. No porque debamos permanecer en silencio frente al abuso. No porque reclamar derechos sea pecado. Perdiste porque permitiste que aquello contra lo que luchabas comenzara a decidir quién eres.

Jesús nunca nos dio permiso para fabricar enemigos que ya no tengamos que amar.

Ese es uno de los lugares donde el evangelio resulta especialmente incómodo. Cristo no solamente me pregunta cómo trato al pobre. También gobierna la manera en que trato a aquel a quien considero responsable de su pobreza.

La justicia cristiana no necesita odio para mantenerse en pie.

Puede denunciar. Puede confrontar. Puede reclamar. Puede resistir aquello que considera injusto. Los apóstoles mismos entendieron que la autoridad humana tiene límites y que la obediencia a Dios está por encima de cualquier autoridad terrenal.

Pero el cristiano no obtiene de allí permiso para cultivar desprecio.

Tampoco debe convertir al Estado en su salvador.

El Estado tiene responsabilidades. El ciudadano también. La iglesia también.

Yo también.

El problema comienza cuando utilizamos la responsabilidad de otro para escapar de la nuestra.

Puedo exigir que el gobierno atienda al necesitado mientras mantengo cerrada mi propia despensa.

Puedo denunciar que los ricos no comparten mientras nunca comparto lo poco que tengo.

Puedo hablar de justicia laboral y tratar miserablemente a quien trabaja conmigo.

Puedo escribir durante años acerca de desigualdad y no conocer el nombre de una sola persona necesitada.

Mateo 25 no nos permite semejante comodidad.

Jesús hace que el necesitado deje de ser estadística.

Lo pone delante de nosotros.

No todos tenemos la misma capacidad para responder. La propia Escritura reconoce que la ayuda debe darse conforme a lo que una persona tiene, no conforme a lo que no posee. Dios no espera que el pobre termine más pobre para demostrar que es generoso.

Algunas veces tendremos mucho.

Otras veces tendremos poco.

Incluso puede llegar el momento en que nosotros seamos quienes necesitemos ayuda.

Pero siempre queda una pregunta.

¿Qué tengo?

Tal vez no tengo dinero. Tengo tiempo. Conozco a alguien que podría ofrecer una oportunidad de trabajo. Sé hacer algo que puedo enseñar. Puedo acompañar. Puedo escuchar. Puedo compartir una comida. Puedo abrir una puerta. Puedo tratar con dignidad a quien los demás han aprendido a ignorar.

La misericordia no comienza preguntando cuánto tengo.

Comienza cuando dejo de mirar hacia otro lado.

Aquí aparece una diferencia profunda entre el evangelio y nuestras ideologías.

La ideología trabaja fácilmente con colectivos.

Cristo nos devuelve a las personas.

La ideología me enseña a hablar de los pobres.

Jesús hace que encuentre uno.

La ideología puede ayudarme a señalar responsables.

Jesús todavía pregunta qué hice yo.

Eso no significa que las estructuras no importen. Importan. Hay corrupción. Hay abuso laboral. Hay leyes injustas. Hay sistemas que pueden proteger al débil y otros que pueden dejarlo expuesto. El cristiano puede estudiar esas realidades y trabajar para corregirlas.

Lo que no puede hacer es esconder su falta de misericordia detrás de su análisis social.

Tampoco puede convertir su opción económica en evangelio.

El capitalismo no murió por nuestros pecados.

El socialismo tampoco.

El Estado no resucitó al tercer día.

El mercado no puede reconciliarnos con Dios.

Cristo sigue ocupando el centro.

Desde allí debemos mirar todo lo demás.

Por eso nuestra preocupación por la desigualdad no puede reducirse únicamente a cuánto tiene uno y cuánto posee otro. También tenemos que preguntar cómo obtuvo lo que tiene, cómo trata a quienes dependen de él, si existe explotación, si alguien está siendo defraudado, si el vulnerable está siendo abandonado y qué responsabilidad tenemos nosotros frente a esa situación.

Y si encontramos injusticia, actuamos.

Pero vigilamos el corazón.

Porque existe algo terrible: comenzar luchando contra la opresión y terminar gobernados por el resentimiento.

Entonces el pobre deja de importarnos por sí mismo. Empieza a servirnos para justificar nuestra rabia.

Ya no queremos solamente levantar al que está abajo.

Necesitamos ver caer al que está arriba.

Y esas dos cosas no son lo mismo.

El evangelio quiere levantar al pobre sin enseñarle a odiar al rico. Quiere confrontar al rico sin enseñarle a despreciar al pobre. Quiere corregir al poderoso sin convertir la venganza en virtud.

Quiere que podamos mirar la injusticia de frente sin permitir que otro pecado nazca dentro de nosotros mientras intentamos combatirla.

Quizás por eso Mateo 25 resulta tan incómodo para nuestras ideologías.

No permite que el cristiano preocupado por las estructuras se conforme con denunciarlas.

Tampoco permite que el cristiano preocupado por la responsabilidad individual utilice esa idea para desentenderse del necesitado.

Los dos tienen que acercarse.

Los dos tienen que mirar.

Los dos tendrán que responder.

El escenario final de Mateo 25 tiene algo inquietante.

Nadie aparece defendiendo su teoría económica.

Ya no quedan consignas.

Queda el prójimo.

Y queda lo que hicimos cuando estuvo cerca.

Por eso, antes de preguntar quién produjo la pobreza, conviene mirar al pobre.

Antes de convertirlo en bandera, conocer su nombre.

Antes de utilizar su dolor para alimentar nuestra indignación, acercarnos.

Después podremos hablar de políticas públicas, estructuras económicas, responsabilidad empresarial, corrupción, Estado y desigualdad.

Pero habrá una pregunta de la que ninguna teoría podrá librarnos.

¿Qué hiciste tú?

Porque defender la justicia nunca nos dará permiso para abandonar el amor.

Y cuando nuestra búsqueda de justicia necesita enseñarnos a odiar a alguien para poder continuar, algo dejó de parecerse a Jesús.

Si odias, ya perdiste.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Exegesis Del Caos

Introducción 

Cuando decimos que el mundo está hecho un caos, casi siempre miramos hacia afuera. Pensamos en guerras, corrupción, polarización, violencia, crisis familiares, confusión moral, redes convertidas en campos de batalla e instituciones que pierden credibilidad. Después buscamos responsables: un gobierno, un partido, una ideología, los medios, las redes, la educación o la tecnología. Todo eso puede contribuir al desorden, pero la Biblia va más profundo. El caos no es una fuerza abstracta. Lo producen hombres cuyo carácter ha sido permeado por el pecado.

Por eso resulta tan revelador que Pablo, cuando anuncia que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos, no empiece describiendo terremotos, guerras o colapsos políticos. Empieza describiendo personas: amadoras de sí mismas, avaras, vanagloriosas, soberbias, ingratas, implacables, intemperantes, amantes de los placeres más que de Dios y, para completar el cuadro, capaces de conservar apariencia de piedad mientras niegan su poder. Los tiempos son peligrosos porque existen personas peligrosamente formadas.

Detrás del caos hay carácter

El egoísmo produce caos. La avaricia produce caos. La soberbia produce caos. La ingratitud, la crueldad, la falta de dominio propio y el amor desordenado al placer producen caos. El pecado nunca permanece encerrado en el corazón. Tarde o temprano toma decisiones, establece relaciones, administra recursos, ejerce autoridad, educa hijos, dirige empresas, ocupa púlpitos, crea instituciones y construye cultura.

Por eso podemos cambiar una estructura y conservar intacto el problema. Podemos cambiar nombres, dirigentes, leyes, métodos y discursos. Pero si el hombre sigue siendo el mismo, tarde o temprano vuelve a producir el mismo desorden. El caos exterior termina siendo, muchas veces, la expresión colectiva del caos interior.

Génesis 3 lo muestra con una claridad incómoda. El jardín todavía estaba intacto cuando comenzó el problema. No había guerra, pobreza ni violencia. Había una conversación: «¿Conque Dios os ha dicho...?». La serpiente comenzó cuestionando la Palabra, pero el desorden apareció primero dentro del ser humano. La criatura empezó a desconfiar del Creador, el deseo comenzó a ocupar el lugar de la obediencia y el hombre imaginó que podía decidir por sí mismo qué era bueno y qué era malo. Después vinieron la vergüenza, la acusación, la ruptura y, más adelante, Caín. El caos de afuera comenzó con un corazón que había perdido su centro.

El problema no es solamente lo que pensamos

A veces creemos que resolveremos el caos enseñando ideas correctas. Las ideas importan. La doctrina importa. La verdad importa. Pero Pablo no describe solamente personas que piensan equivocadamente. Describe carácter. Alguien puede sostener ideas correctas y continuar siendo soberbio. Puede conocer doctrina y ser implacable. Puede defender la familia y destruir la suya con la manera como trata a los demás. Puede hablar de santidad y vivir obsesionado con el reconocimiento. Puede denunciar la mentira y compartir una falsedad porque favorece a su grupo. Puede defender la verdad sin parecerse al Dios de la verdad.

Esa es la razón por la que la expresión «apariencia de piedad» resulta tan seria. El caos puede aprender vocabulario cristiano. Puede cantar, predicar, servir, asistir, levantar las manos y citar la Biblia. Puede parecer ordenado por fuera y seguir intacto por dentro. El problema no se resuelve maquillando al viejo hombre. Se resuelve cuando Dios comienza a formar uno nuevo.

El caos también forma personas

Nuestro tiempo tiene muchos formadores de carácter. El algoritmo forma. La publicidad forma. Las redes forman. El entretenimiento forma. La política forma. Cada una de esas voces nos dice qué debemos amar, qué debemos temer, qué debemos perseguir, quién merece nuestra indignación y qué significa tener una vida exitosa. No solo consumimos información. Somos formados por aquello que escuchamos, repetimos y admiramos.

Entonces la pregunta no es únicamente cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla, sino qué clase de persona está produciendo en nosotros lo que consumimos cada día. Podemos volvernos más impacientes, más narcisistas, más agresivos, más ansiosos, más dependientes de aprobación, más incapaces de escuchar y más seguros de tener siempre la razón. El caos no solo ocurre delante de nosotros. Puede ir construyéndose dentro de nosotros.

No necesitamos un hombre viejo mejor administrado

Aquí aparece el límite de muchas soluciones humanas. Queremos mejorar al hombre sin cambiar al hombre. Le damos educación, tecnología, información, oportunidades, leyes e instituciones. Todo eso puede ser bueno y necesario, pero ninguna de esas cosas resuelve por sí sola el problema fundamental del corazón. Un hombre egoísta con más poder puede producir más caos. Un hombre avaro con mejores herramientas puede producir más caos. Un hombre soberbio con una audiencia mayor puede producir más caos. Un hombre sin dominio propio con más libertad puede producir más caos.

La respuesta de Dios es más profunda. El evangelio no busca simplemente hacer más competente al viejo hombre. Busca formar un nuevo hombre. No se limita a perdonar lo que hicimos. Comienza a transformar lo que somos.

La respuesta al caos es un nuevo hombre

Donde el viejo hombre se ama a sí mismo de manera desordenada, el nuevo aprende a amar a Dios y al prójimo. Donde el viejo hombre es avaro, el nuevo aprende generosidad. Donde necesita reconocimiento, aprende servicio. Donde responde con violencia, aprende mansedumbre. Donde vive gobernado por sus apetitos, aprende dominio propio. Donde miente para protegerse, aprende verdad. Donde necesita imponer su voluntad, aprende a decir: «Hágase tu voluntad».

Por eso el Nuevo Testamento no presenta la obra de Dios solamente como un cambio de ideas, sino como una nueva creación, una renovación de la mente, un despojarse del viejo hombre y vestirse del nuevo. La meta no es producir un hombre simplemente religioso, informado o disciplinado. La meta es formar una persona cuyo carácter refleje el carácter de Dios y se parezca cada vez más a Cristo.

El contraste con 2 Timoteo 3 resulta entonces evidente. El pecado produce un carácter y el Espíritu produce otro. Frente al egoísmo aparece el amor. Frente a la violencia, la mansedumbre. Frente a la ansiedad de control, la paz. Frente a la impaciencia, la paciencia. Frente al desorden de los apetitos, el dominio propio. El caos tiene carácter. El Reino también.

La Palabra debe hacer exégesis de nosotros

Aquí está el corazón de lo que llamo exégesis del caos. Nos gusta usar la Biblia para interpretar lo que ocurre en el mundo, y debemos hacerlo. Pero antes necesitamos permitir que la Biblia interprete nuestro propio carácter. Antes de preguntar qué está pasando allá afuera, conviene preguntar qué está pasando aquí adentro.

Puedo descubrir la manipulación de los medios y seguir siendo manipulado por mi orgullo. Puedo denunciar el materialismo y vivir obsesionado con el dinero. Puedo defender la familia mientras descuido la mía. Puedo preocuparme por la verdad y compartir una mentira porque favorece a quienes considero de mi lado. Puedo hablar de los últimos tiempos y permitir que el miedo gobierne mis días. Puedo estudiar tanto el caos que termine pareciéndome a aquello que critico.

La Biblia no fue dada solamente para ayudarnos a identificar lo que está mal en nuestra época. Fue dada para impedir que terminemos convirtiéndonos en aquello que denunciamos. La Palabra no solo interpreta el mundo. Nos interpreta a nosotros, nos corrige, nos desnuda, nos forma y nos conduce hacia Cristo.

El mundo necesita otro tipo de hombre

Podemos mejorar leyes, instituciones, gobiernos, empresas y sistemas. Debemos hacerlo cuando sea necesario. Pero ninguna sociedad será mejor de manera duradera si el carácter de quienes la componen permanece gobernado por el mismo pecado. Por eso el evangelio comienza una obra más radical: toma al hombre viejo y empieza a formar uno nuevo.

No simplemente un hombre conservador. No simplemente un hombre progresista. No simplemente un hombre que conoce versículos. No simplemente un hombre capaz de identificar todo lo que está mal en los demás. Un hombre cuyo carácter empieza a parecerse al carácter de Dios.

Allí comienza la verdadera respuesta al caos.

Cuando Pablo dice que vendrán tiempos peligrosos, la pregunta más importante no es solamente qué tan malos serán esos tiempos. También debemos preguntar qué clase de hombres producirán. Y el cristiano debe hacerse una pregunta todavía más seria: ¿qué clase de hombre quiere formar Dios en mí mientras vivo en medio de ellos?

El caos lo producen hombres cuyo carácter ha sido permeado por el pecado. Por eso no será vencido simplemente con mejores estructuras, mejores discursos o mejores estrategias. Se necesita un nuevo hombre, transformado por la Palabra, gobernado por el Espíritu y formado en el carácter de Cristo.

La gran batalla de nuestro tiempo quizá no sea solamente por aquello que el cristiano cree, sino por aquello en lo que se está convirtiendo.

¿ES EL DIVORCIO, EN SÍ MISMO, UN PECADO? Una convicción que quiero explicar

Durante estos días hemos hablado bastante sobre el divorcio. Algunas preguntas han sido difíciles. Otras han tocado asuntos que durante años...