Cuando la política comienza a disputarle el corazón a Cristo
La escena no nos queda lejos
Llegamos el domingo con la Biblia debajo
del brazo y, muchas veces, con la política metida en el corazón. Uno está
convencido de que el problema del país son los de izquierda. Otro cree que son
los de derecha. Otro se declara cansado de ambos. Cantamos al mismo Cristo,
escuchamos la misma Palabra y, apenas salimos, volvemos a una conversación
donde el hermano puede terminar convertido en adversario.
No estoy diciendo que las ideas políticas no importen. Importan porque terminan afectando la vida de la gente. Hay decisiones públicas que protegen, dañan, corrigen injusticias o las profundizan.
Un cristiano no necesita apagar la cabeza para participar como ciudadano. Pero hay una pregunta anterior: ¿Qué está haciendo la política con nuestro corazón? ¿Hay división entre los hermanos por ideologías políticas?. La preocupación de fondo sigue siendo la misma: cuando una lealtad secundaria desplaza la misión y la identidad de discípulos, algo se ha desordenado.
Y aquí aparece Jesús.
Dos quieren subir
Santiago y Juan se acercan a Jesús con una
petición: quieren sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda en su gloria
(Mr 10:35-37). No están discutiendo una teoría sobre el poder. Quieren
posiciones. Jesús responde con una pregunta: «¿Podéis beber del vaso que yo
bebo?» (Mr 10:38). Antes de conceder lugares, los obliga a mirar el camino.
Ellos responden con una seguridad
impresionante: «Podemos» (Mr 10:39). Jesús no se burla. Les dice que
efectivamente beberán de su copa, pero que los puestos que solicitan no son
suyos para repartir según la lógica de la petición (Mr 10:39-40).
Entonces ocurre algo revelador. Los otros
diez se indignan contra Santiago y Juan (Mr 10:41). El texto no dice que su
indignación fuera más santa que la ambición de los dos. No conviene inventar lo
que Marcos no cuenta. Pero sí podemos observar que el problema ya dejó de ser
una petición privada: ahora la rivalidad ha entrado en el grupo.
Eso se parece demasiado a nosotros. Dos
discuten y diez se indignan. Unos publican y otros responden. Unos etiquetan y
otros bloquean. Muy pronto nadie recuerda que todos estaban siguiendo al mismo
Jesús.
Jesús los llamó
Marcos dice que Jesús los llamó (Mr 10:42).
Me gusta detenerme allí. Jesús no reunió solamente a los dos que habían pedido
los puestos. Llamó a todos. Cuando el poder comienza a dañar la fraternidad,
nadie debería escuchar el sermón pensando únicamente en el otro bando.
Eso también es predicación conversacional.
Jesús parte de una situación que ellos mismos han producido. Hace una pregunta.
Escucha una respuesta. Deja que el conflicto se haga visible. Y entonces
interpreta lo que está ocurriendo delante de ellos.
«Sabéis que los que son tenidos por
gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre
ellas potestad» (Mr 10:42). Jesús no es ingenuo respecto al poder. Sabe cómo
funciona. Pero su siguiente frase cambia la conversación: «Pero no será así
entre vosotros» (Mr 10:43).
Ahí está el corazón de este sermón.
ENTRE USTEDES NO SERÁ ASÍ.
No se trata primero de izquierda o derecha
Si Jesús predicara este texto a nuestra
iglesia, no creo que comenzara preguntando quién votó por quién. El texto
comienza más profundo. ¿Qué idea del poder estamos reproduciendo? ¿Necesitamos
vencer al otro para sentir que nuestra causa venció? ¿Nos alegra más que pierda
el adversario que que gane el prójimo? ¿Hemos aprendido a medir la fidelidad
cristiana por cercanía a una corriente política?
La pregunta no es solamente qué ideología
estás defendiendo, sino qué está haciendo esa ideología con tu corazón.
Podemos tener convicciones políticas firmes y, al mismo tiempo, someterlas a examen. Una ideología es una manera de ordenar e interpretar la realidad; no es el evangelio. Puede ayudarnos a ver problemas que otros no ven y también puede volvernos ciegos frente a los problemas de nuestro propio lado. Por eso ninguna corriente política merece una lealtad sin examen.
La pregunta detrás de la discusión
Dos hermanos pueden discutir sobre
economía, seguridad, paz, impuestos, educación o derechos. La discusión puede
ser legítima. Pero Jesús nos ha enseñado a escuchar también la pregunta que
está detrás de la pregunta. ¿Qué miedo está hablando? ¿Qué herida? ¿Qué
experiencia? ¿Qué interés? ¿Qué esperanza hemos depositado en el poder?
Una persona que ha sufrido violencia puede
escuchar una propuesta de seguridad de manera distinta a quien nunca la sufrió.
Una familia que no encuentra trabajo puede oír la discusión económica de otra
manera. Alguien que ha sido víctima de corrupción puede desconfiar de promesas
que a otro le parecen convincentes. Escuchar no significa aprobar todas las
conclusiones. Significa negarnos a reducir al hermano a una etiqueta.
Jesús podía escuchar sin entregar la
verdad. Con los discípulos de Emaús dejó que contaran su versión antes de
corregir su lectura de los acontecimientos (Lc 24:17-27). Escuchar la historia
del otro no nos obliga a aceptar su interpretación; sí puede impedir que
respondamos a una caricatura.
¿Y César?
Alguien podría preguntar: ¿entonces la
política no importa? Jesús no dijo eso. Cuando intentaron atraparlo con el
tributo, pidió una moneda y preguntó de quién eran la imagen y la inscripción
(Mr 12:13-16). Después respondió: «Dad a César lo que es de César, y a Dios lo
que es de Dios» (Mr 12:17).
La frase reconoce una esfera para César y,
al mismo tiempo, le pone límite. César puede reclamar una moneda que lleva su
imagen. Pero el ser humano lleva la imagen de Dios (Gn 1:26-27). Ningún
gobierno, partido, líder o ideología puede reclamar la lealtad última que
pertenece a Dios.
El problema comienza cuando César deja de
ser César y empieza a pedirnos el corazón. O cuando nosotros, sin que nadie nos
lo pida, se lo entregamos.
Por eso la iglesia puede hablar de política
sin convertirse en comité político. Puede enseñar justicia sin repartir carnés.
Puede formar criterio sin decirle a la congregación qué candidato debe amar.
Puede denunciar el pecado sin preguntar primero quién lo cometió.
La doble medida
Aquí la conversación se vuelve incómoda.
¿Condeno la mentira cuando la dice el adversario y la explico cuando la dice el
mío? ¿Me indigna la corrupción del otro sector, pero encuentro razones para
relativizar la de mi sector? ¿Exijo respeto cuando atacan a mi candidato y
celebro la burla cuando el atacado es el contrario?
Jesús conocía muy bien el corazón que mide
a los demás con una vara y a sí mismo con otra. En el Sermón del Monte preguntó
por qué miramos la paja en el ojo del hermano mientras ignoramos la viga en el
propio (Mt 7:3-5). Antes de corregir el ojo ajeno, el discípulo debe dejar que
la verdad trabaje en el suyo.
No es relativismo. Es integridad.
La verdad no cambia cuando cambia el nombre
del político.
Cuando el hermano se vuelve enemigo
La polarización consigue algo terrible:
cambia los nombres. El hermano deja de ser hermano y se vuelve «petrista»,
«uribista», «izquierdista», «derechista», «progre», «facho» o cualquier palabra
que nos permita dejar de verlo como persona. La etiqueta hace el trabajo sucio:
simplifica al otro hasta que ya no necesitamos escucharlo.
Jesús complica esa comodidad. «Amad a
vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os
maldicen, y orad por los que os calumnian» (Lc 6:27-28). Si el discípulo debe
amar incluso al enemigo, ¿Qué permiso tenemos para despreciar al hermano?
El desprecio por razones económicas,
raciales o ideológicas es perverso y que, si desprecio a mi hermano, estoy en
el lugar equivocado. Aquella afirmación necesita seguir incomodándome a mí
primero. (Ver Parábola del fariseo y el publicano)
No basta tener razón si para defenderla
tengo que dejar de parecerme a Cristo, o en otras palabras, abandonar mis principios.
La política también puede convertirse en discipuladora
Todos somos formados por voces. Repetimos palabras, adoptamos temores, aprendemos a indignarnos por unas cosas y a guardar silencio frente a otras. La política puede convertirse en ideología y en manipulación de masas, división y menosprecio entre hermanos.
Si una voz política determina constantemente qué debo amar, temer, odiar y esperar, esa voz está intentando formar mi corazón.
El discipulado cristiano pregunta entonces:
¿Quién está formando mis afectos? ¿La Palabra o mi algoritmo? ¿Jesús o mi
comentarista favorito? ¿El evangelio o el grupo de WhatsApp donde todos
pensamos igual?
No se trata de vivir desinformados. Se
trata de negarnos a ser discipulados sin darnos cuenta.
El centro no es el centro político
Cuando hablamos de superar la polarización
puede aparecer otra confusión: pensar que la solución cristiana consiste
siempre en ubicarse políticamente en el centro. Tampoco. El evangelio no es una
operación matemática entre izquierda y derecha. En algunos asuntos podrá
cuestionar con fuerza a una corriente; en otros, a la contraria; y muchas veces
cuestionará a ambas.
El centro cristiano no es una posición
equidistante entre dos partidos. El centro es Cristo.
Y Marcos 10 no nos deja convertir esa frase
en decoración. Después de decir «entre ustedes no será así», Jesús redefine la
grandeza: «el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor»
(Mr 10:43), y «el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos»
(Mr 10:44).
Entonces se presenta a sí mismo: «Porque el
Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida
en rescate por muchos» (Mr 10:45).
Ahí termina de desarmarnos. Jesús no vence
aferrándose al puesto. Sirve. No construye su reino copiando la lógica de
dominación que acaba de denunciar. Entrega su vida.
La grandeza no reside en sojuzgar a otro, sino en servir. La cruz no solamente salva al pecador; también juzga nuestras
ideas de grandeza.
¿Cómo predicaría Jesús este sermón?
No puedo poner en labios de Jesús un sermón
que los Evangelios no registran. Pero sí puedo observar el recorrido de Marcos
10 y aprender de él.
Primero, Jesús deja que la ambición se
exprese (Mr 10:35-37). No comienza aplastando la pregunta.
Segundo, responde con otra pregunta y
obliga a pensar en el costo (Mr 10:38).
Tercero, escucha la respuesta de los
discípulos (Mr 10:39).
Cuarto, cuando el conflicto alcanza al
grupo, los reúne (Mr 10:41-42). No permite que la rivalidad siga trabajando en
silencio.
Quinto, nombra la lógica del poder que
ellos conocen (Mr 10:42). Parte de su realidad.
Sexto, la confronta: «entre ustedes no será
así» (Mr 10:43).
Séptimo, ofrece una lógica alternativa:
grandeza como servicio (Mr 10:43-44).
Y finalmente se coloca Él mismo como
fundamento y modelo: el Hijo del Hombre sirve y entrega su vida (Mr 10:45).
Pregunta. Escucha. Descubre. Confronta. Reordena. Se coloca en el centro. Llama a una vida diferente.
Preguntas que Jesús podría dejar resonando
No son palabras nuevas de Jesús. Son
preguntas que nacen de poner nuestra situación delante de sus enseñanzas:
¿Te duele más que hablen mal de Cristo o
que hablen mal de tu candidato o de tu político preferido?
¿Puedes reconocer una verdad cuando viene
de alguien políticamente contrario a ti?
¿Has justificado en los tuyos lo mismo que
condenas en los otros?
¿Tu manera de hablar del adversario soporta
Lucas 6:27-28?
¿Tu manera de buscar influencia soporta
Marcos 10:42-45?
¿Tu relación con el poder soporta Marcos
12:17?
¿Tu publicación ayuda a la misión o
solamente alimenta la tribu digital?
¿La política te está ayudando a amar mejor
al prójimo o te está enseñando a despreciarlo?
¿Tu posición está siendo examinada por la
Biblia o estás utilizando la Biblia para bautizar una posición que ya habías
decidido?
La iglesia no puede perder de vista quién es
Si estoy enemistado
con mi familia, con mis hermanos y con quienes no piensan como yo por causa de
ideologías políticas, es posible que esté distraído y haya perdido de vista la
misión y mi identidad como discípulo.
La iglesia puede tener ciudadanos de
opiniones políticas diferentes y continuar siendo una sola familia en Cristo.
Esa unidad no exige fingir que las diferencias no existen. Exige algo más
costoso: aprender a disentir sin entregar el corazón al desprecio.
Pablo pidió a los creyentes orar por reyes
y autoridades para vivir quieta y reposadamente y para que avance el propósito
salvador de Dios (1 Ti 2:1-4). Orar por un gobernante no equivale a
canonizarlo. Criticar una decisión tampoco convierte al creyente
automáticamente en enemigo del gobernante. La iglesia conserva libertad
precisamente porque su Señor no ocupa un cargo temporal.
¿Qué haría Jesús con mi ideología?
Probablemente lo mismo que hace tantas
veces en los Evangelios con nuestras seguridades: no permitiría que se
escondieran detrás de palabras religiosas.
Al fariseo que se sentía moralmente
superior lo puso al lado de un publicano que apenas podía levantar los ojos (Lc
18:9-14). Al intérprete que preguntó quién era su prójimo le contó una historia
donde el que actuaba como prójimo pertenecía al grupo que menos esperaba (Lc
10:25-37). A sus discípulos que discutían grandeza les habló de servicio (Mr
10:42-45). A quienes querían atraparlo entre Dios y César les negó la trampa
(Mr 12:13-17).
Jesús no parece interesado en confirmar
nuestras tribus. Parece interesado en formar discípulos.
Y un discípulo puede cambiar de opinión
política sin cambiar de Señor. También puede conservar una opinión política y
necesitar arrepentirse de la manera en que la ha defendido.
Una conversación antes de publicar en redes
Las redes sociales merecen una
atención particular. Allí la velocidad premia la reacción y el algoritmo premia
el conflicto. Antes de publicar sobre política podríamos hacernos cinco
preguntas sencillas.
¿Es verdad? ¿Puedo comprobarlo?
¿Es justo con la persona de la que hablo?
¿Lo diría de la misma manera si esa persona
estuviera sentada frente a mí?
¿Estoy buscando servir a alguien o
solamente descargar mi indignación?
¿Después de leerme, un hermano que piensa
distinto tendrá más razones para acercarse a Cristo o solamente más razones
para alejarse de mí?
No son reglas para callar. Son preguntas
para cuidar el corazón antes de usar la boca. «De la abundancia del corazón
habla la boca» (Mt 12:34). También escribe el teclado.
La transformación que necesitamos
Tal vez llegamos a este tema esperando una
posición política cristiana perfectamente empaquetada. Jesús nos lleva a otro
lugar. No elimina la responsabilidad ciudadana. La coloca debajo de una
responsabilidad mayor: Seguirlo.
La transformación del corazón se hace
visible cuando puedo defender una convicción sin despreciar al hermano;
denunciar una injusticia aunque la cometan los míos; reconocer algo bueno
aunque venga de los otros; cambiar de opinión cuando la verdad lo exige; y
negarme a entregar a un líder la esperanza que pertenece a Cristo.
Eso no produce una iglesia sin diferencias.
Produce una iglesia donde las diferencias ya no gobiernan la mesa.
La política puede seguir siendo importante.
Cristo tiene que seguir siendo Señor.
Entre ustedes no será así
Volvamos a la escena. Dos quieren los
puestos. Diez se indignan. Jesús los llama a todos (Mr 10:35-42).
Quizá eso necesitamos: que Jesús vuelva a
llamarnos a todos.
A los de derecha. A los de izquierda. A los
del centro. A los que votan con entusiasmo. A los que votan tapándose la nariz.
A los que están cansados de la política. A los que hablan de ella todos los
días.
Y delante de todos vuelve a decir: «Entre
ustedes no será así» (Mr 10:43).
No porque la verdad haya dejado de
importar. Precisamente porque importa. No porque las decisiones públicas sean
irrelevantes. Precisamente porque afectan al prójimo. No porque debamos dejar
de pensar. Precisamente porque necesitamos pensar como discípulos.
Después Jesús no señala un partido. Se
señala a sí mismo: el Hijo del Hombre vino a servir y a dar su vida (Mr 10:45).
Ahí está el centro.
La respuesta cristiana a la polarización no
consiste en que todos pensemos políticamente igual. Consiste en que ninguna
diferencia política tenga permiso para ocupar el lugar de Cristo, deformar
nuestro amor al hermano o enseñarnos una manera de ejercer el poder que Jesús
ya rechazó.
Y quizá, después de todo, la pregunta final
no sea: «¿Quién tiene la razón políticamente?»
Quizá Jesús nos deje otra pregunta delante.
¿Qué está haciendo la política con mi
corazón?
Para conversar en la iglesia
1. Lea Marcos 10:35-45. ¿Dónde aparece el
conflicto y qué hace Jesús antes de enseñar?
2. ¿Qué diferencia establece Jesús entre la
lógica de los gobernantes y la de sus discípulos?
3. ¿Qué conductas políticas de «mi lado» me
cuesta más examinar con la misma severidad con que examino al otro?
4. ¿Cuándo una convicción legítima empieza
a convertirse en una lealtad desordenada?
5. ¿Qué cambiaría en nuestras
conversaciones políticas si Marcos 10:45 fuera realmente el centro?
6. Termine orando por gobernantes, por
quienes piensan distinto y por el corazón de la propia iglesia (1 Ti 2:1-4; Lc
6:27-28).
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