jueves, 24 de septiembre de 2026

Entre Nosotros No Sera Así - Marcos 10:35-45

 Cuando la política comienza a disputarle el corazón a Cristo

La escena no nos queda lejos

Llegamos el domingo con la Biblia debajo del brazo y, muchas veces, con la política metida en el corazón. Uno está convencido de que el problema del país son los de izquierda. Otro cree que son los de derecha. Otro se declara cansado de ambos. Cantamos al mismo Cristo, escuchamos la misma Palabra y, apenas salimos, volvemos a una conversación donde el hermano puede terminar convertido en adversario.

No estoy diciendo que las ideas políticas no importen. Importan porque terminan afectando la vida de la gente. Hay decisiones públicas que protegen, dañan, corrigen injusticias o las profundizan. 

Un cristiano no necesita apagar la cabeza para participar como ciudadano. Pero hay una pregunta anterior: ¿Qué está haciendo la política con nuestro corazón? ¿Hay división entre los hermanos por ideologías políticas?. La preocupación de fondo sigue siendo la misma: cuando una lealtad secundaria desplaza la misión y la identidad de discípulos, algo se ha desordenado.

Y aquí aparece Jesús.

Dos quieren subir

Santiago y Juan se acercan a Jesús con una petición: quieren sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda en su gloria (Mr 10:35-37). No están discutiendo una teoría sobre el poder. Quieren posiciones. Jesús responde con una pregunta: «¿Podéis beber del vaso que yo bebo?» (Mr 10:38). Antes de conceder lugares, los obliga a mirar el camino.

Ellos responden con una seguridad impresionante: «Podemos» (Mr 10:39). Jesús no se burla. Les dice que efectivamente beberán de su copa, pero que los puestos que solicitan no son suyos para repartir según la lógica de la petición (Mr 10:39-40).

Entonces ocurre algo revelador. Los otros diez se indignan contra Santiago y Juan (Mr 10:41). El texto no dice que su indignación fuera más santa que la ambición de los dos. No conviene inventar lo que Marcos no cuenta. Pero sí podemos observar que el problema ya dejó de ser una petición privada: ahora la rivalidad ha entrado en el grupo.

Eso se parece demasiado a nosotros. Dos discuten y diez se indignan. Unos publican y otros responden. Unos etiquetan y otros bloquean. Muy pronto nadie recuerda que todos estaban siguiendo al mismo Jesús.

Jesús los llamó

Marcos dice que Jesús los llamó (Mr 10:42). Me gusta detenerme allí. Jesús no reunió solamente a los dos que habían pedido los puestos. Llamó a todos. Cuando el poder comienza a dañar la fraternidad, nadie debería escuchar el sermón pensando únicamente en el otro bando.

Eso también es predicación conversacional. Jesús parte de una situación que ellos mismos han producido. Hace una pregunta. Escucha una respuesta. Deja que el conflicto se haga visible. Y entonces interpreta lo que está ocurriendo delante de ellos.

«Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad» (Mr 10:42). Jesús no es ingenuo respecto al poder. Sabe cómo funciona. Pero su siguiente frase cambia la conversación: «Pero no será así entre vosotros» (Mr 10:43).

Ahí está el corazón de este sermón.

ENTRE USTEDES NO SERÁ ASÍ.

No se trata primero de izquierda o derecha

Si Jesús predicara este texto a nuestra iglesia, no creo que comenzara preguntando quién votó por quién. El texto comienza más profundo. ¿Qué idea del poder estamos reproduciendo? ¿Necesitamos vencer al otro para sentir que nuestra causa venció? ¿Nos alegra más que pierda el adversario que que gane el prójimo? ¿Hemos aprendido a medir la fidelidad cristiana por cercanía a una corriente política?

La pregunta no es solamente qué ideología estás defendiendo, sino qué está haciendo esa ideología con tu corazón.

Podemos tener convicciones políticas firmes y, al mismo tiempo, someterlas a examen. Una ideología es una manera de ordenar e interpretar la realidad; no es el evangelio. Puede ayudarnos a ver problemas que otros no ven y también puede volvernos ciegos frente a los problemas de nuestro propio lado. Por eso ninguna corriente política merece una lealtad sin examen.

La pregunta detrás de la discusión

Dos hermanos pueden discutir sobre economía, seguridad, paz, impuestos, educación o derechos. La discusión puede ser legítima. Pero Jesús nos ha enseñado a escuchar también la pregunta que está detrás de la pregunta. ¿Qué miedo está hablando? ¿Qué herida? ¿Qué experiencia? ¿Qué interés? ¿Qué esperanza hemos depositado en el poder?

Una persona que ha sufrido violencia puede escuchar una propuesta de seguridad de manera distinta a quien nunca la sufrió. Una familia que no encuentra trabajo puede oír la discusión económica de otra manera. Alguien que ha sido víctima de corrupción puede desconfiar de promesas que a otro le parecen convincentes. Escuchar no significa aprobar todas las conclusiones. Significa negarnos a reducir al hermano a una etiqueta.

Jesús podía escuchar sin entregar la verdad. Con los discípulos de Emaús dejó que contaran su versión antes de corregir su lectura de los acontecimientos (Lc 24:17-27). Escuchar la historia del otro no nos obliga a aceptar su interpretación; sí puede impedir que respondamos a una caricatura.

¿Y César?

Alguien podría preguntar: ¿entonces la política no importa? Jesús no dijo eso. Cuando intentaron atraparlo con el tributo, pidió una moneda y preguntó de quién eran la imagen y la inscripción (Mr 12:13-16). Después respondió: «Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios» (Mr 12:17).

La frase reconoce una esfera para César y, al mismo tiempo, le pone límite. César puede reclamar una moneda que lleva su imagen. Pero el ser humano lleva la imagen de Dios (Gn 1:26-27). Ningún gobierno, partido, líder o ideología puede reclamar la lealtad última que pertenece a Dios.

El problema comienza cuando César deja de ser César y empieza a pedirnos el corazón. O cuando nosotros, sin que nadie nos lo pida, se lo entregamos.

Por eso la iglesia puede hablar de política sin convertirse en comité político. Puede enseñar justicia sin repartir carnés. Puede formar criterio sin decirle a la congregación qué candidato debe amar. Puede denunciar el pecado sin preguntar primero quién lo cometió.

La doble medida

Aquí la conversación se vuelve incómoda. ¿Condeno la mentira cuando la dice el adversario y la explico cuando la dice el mío? ¿Me indigna la corrupción del otro sector, pero encuentro razones para relativizar la de mi sector? ¿Exijo respeto cuando atacan a mi candidato y celebro la burla cuando el atacado es el contrario?

Jesús conocía muy bien el corazón que mide a los demás con una vara y a sí mismo con otra. En el Sermón del Monte preguntó por qué miramos la paja en el ojo del hermano mientras ignoramos la viga en el propio (Mt 7:3-5). Antes de corregir el ojo ajeno, el discípulo debe dejar que la verdad trabaje en el suyo.

No es relativismo. Es integridad.

La verdad no cambia cuando cambia el nombre del político.

Cuando el hermano se vuelve enemigo

La polarización consigue algo terrible: cambia los nombres. El hermano deja de ser hermano y se vuelve «petrista», «uribista», «izquierdista», «derechista», «progre», «facho» o cualquier palabra que nos permita dejar de verlo como persona. La etiqueta hace el trabajo sucio: simplifica al otro hasta que ya no necesitamos escucharlo.

Jesús complica esa comodidad. «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian» (Lc 6:27-28). Si el discípulo debe amar incluso al enemigo, ¿Qué permiso tenemos para despreciar al hermano?

El desprecio por razones económicas, raciales o ideológicas es perverso y que, si desprecio a mi hermano, estoy en el lugar equivocado. Aquella afirmación necesita seguir incomodándome a mí primero. (Ver Parábola del fariseo y el publicano)

No basta tener razón si para defenderla tengo que dejar de parecerme a Cristo, o en otras palabras, abandonar mis principios.

La política también puede convertirse en discipuladora

Todos somos formados por voces. Repetimos palabras, adoptamos temores, aprendemos a indignarnos por unas cosas y a guardar silencio frente a otras. La política puede convertirse en ideología y en manipulación de masas, división y menosprecio entre hermanos. 

Si una voz política determina constantemente qué debo amar, temer, odiar y esperar, esa voz está intentando formar mi corazón.

El discipulado cristiano pregunta entonces: ¿Quién está formando mis afectos? ¿La Palabra o mi algoritmo? ¿Jesús o mi comentarista favorito? ¿El evangelio o el grupo de WhatsApp donde todos pensamos igual?

No se trata de vivir desinformados. Se trata de negarnos a ser discipulados sin darnos cuenta.

El centro no es el centro político

Cuando hablamos de superar la polarización puede aparecer otra confusión: pensar que la solución cristiana consiste siempre en ubicarse políticamente en el centro. Tampoco. El evangelio no es una operación matemática entre izquierda y derecha. En algunos asuntos podrá cuestionar con fuerza a una corriente; en otros, a la contraria; y muchas veces cuestionará a ambas.

El centro cristiano no es una posición equidistante entre dos partidos. El centro es Cristo.

Y Marcos 10 no nos deja convertir esa frase en decoración. Después de decir «entre ustedes no será así», Jesús redefine la grandeza: «el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor» (Mr 10:43), y «el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos» (Mr 10:44).

Entonces se presenta a sí mismo: «Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mr 10:45).

Ahí termina de desarmarnos. Jesús no vence aferrándose al puesto. Sirve. No construye su reino copiando la lógica de dominación que acaba de denunciar. Entrega su vida.

La grandeza no reside en sojuzgar a otro, sino en servir. La cruz no solamente salva al pecador; también juzga nuestras ideas de grandeza.

¿Cómo predicaría Jesús este sermón?

No puedo poner en labios de Jesús un sermón que los Evangelios no registran. Pero sí puedo observar el recorrido de Marcos 10 y aprender de él.

Primero, Jesús deja que la ambición se exprese (Mr 10:35-37). No comienza aplastando la pregunta.

Segundo, responde con otra pregunta y obliga a pensar en el costo (Mr 10:38).

Tercero, escucha la respuesta de los discípulos (Mr 10:39).

Cuarto, cuando el conflicto alcanza al grupo, los reúne (Mr 10:41-42). No permite que la rivalidad siga trabajando en silencio.

Quinto, nombra la lógica del poder que ellos conocen (Mr 10:42). Parte de su realidad.

Sexto, la confronta: «entre ustedes no será así» (Mr 10:43).

Séptimo, ofrece una lógica alternativa: grandeza como servicio (Mr 10:43-44).

Y finalmente se coloca Él mismo como fundamento y modelo: el Hijo del Hombre sirve y entrega su vida (Mr 10:45).

Pregunta. Escucha. Descubre. Confronta. Reordena. Se coloca en el centro. Llama a una vida diferente. 

Preguntas que Jesús podría dejar resonando

No son palabras nuevas de Jesús. Son preguntas que nacen de poner nuestra situación delante de sus enseñanzas:

¿Te duele más que hablen mal de Cristo o que hablen mal de tu candidato o de tu político preferido?

¿Puedes reconocer una verdad cuando viene de alguien políticamente contrario a ti?

¿Has justificado en los tuyos lo mismo que condenas en los otros?

¿Tu manera de hablar del adversario soporta Lucas 6:27-28?

¿Tu manera de buscar influencia soporta Marcos 10:42-45?

¿Tu relación con el poder soporta Marcos 12:17?

¿Tu publicación ayuda a la misión o solamente alimenta la tribu digital?

¿La política te está ayudando a amar mejor al prójimo o te está enseñando a despreciarlo?

¿Tu posición está siendo examinada por la Biblia o estás utilizando la Biblia para bautizar una posición que ya habías decidido?

La iglesia no puede perder de vista quién es

Si estoy enemistado con mi familia, con mis hermanos y con quienes no piensan como yo por causa de ideologías políticas, es posible que esté distraído y haya perdido de vista la misión y mi identidad como discípulo. 

La iglesia puede tener ciudadanos de opiniones políticas diferentes y continuar siendo una sola familia en Cristo. Esa unidad no exige fingir que las diferencias no existen. Exige algo más costoso: aprender a disentir sin entregar el corazón al desprecio.

Pablo pidió a los creyentes orar por reyes y autoridades para vivir quieta y reposadamente y para que avance el propósito salvador de Dios (1 Ti 2:1-4). Orar por un gobernante no equivale a canonizarlo. Criticar una decisión tampoco convierte al creyente automáticamente en enemigo del gobernante. La iglesia conserva libertad precisamente porque su Señor no ocupa un cargo temporal.

¿Qué haría Jesús con mi ideología?

Probablemente lo mismo que hace tantas veces en los Evangelios con nuestras seguridades: no permitiría que se escondieran detrás de palabras religiosas.

Al fariseo que se sentía moralmente superior lo puso al lado de un publicano que apenas podía levantar los ojos (Lc 18:9-14). Al intérprete que preguntó quién era su prójimo le contó una historia donde el que actuaba como prójimo pertenecía al grupo que menos esperaba (Lc 10:25-37). A sus discípulos que discutían grandeza les habló de servicio (Mr 10:42-45). A quienes querían atraparlo entre Dios y César les negó la trampa (Mr 12:13-17).

Jesús no parece interesado en confirmar nuestras tribus. Parece interesado en formar discípulos.

Y un discípulo puede cambiar de opinión política sin cambiar de Señor. También puede conservar una opinión política y necesitar arrepentirse de la manera en que la ha defendido.

Una conversación antes de publicar en redes

Las redes sociales merecen una atención particular. Allí la velocidad premia la reacción y el algoritmo premia el conflicto. Antes de publicar sobre política podríamos hacernos cinco preguntas sencillas.

¿Es verdad? ¿Puedo comprobarlo?

¿Es justo con la persona de la que hablo?

¿Lo diría de la misma manera si esa persona estuviera sentada frente a mí?

¿Estoy buscando servir a alguien o solamente descargar mi indignación?

¿Después de leerme, un hermano que piensa distinto tendrá más razones para acercarse a Cristo o solamente más razones para alejarse de mí?

No son reglas para callar. Son preguntas para cuidar el corazón antes de usar la boca. «De la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12:34). También escribe el teclado.

La transformación que necesitamos

Tal vez llegamos a este tema esperando una posición política cristiana perfectamente empaquetada. Jesús nos lleva a otro lugar. No elimina la responsabilidad ciudadana. La coloca debajo de una responsabilidad mayor: Seguirlo.

La transformación del corazón se hace visible cuando puedo defender una convicción sin despreciar al hermano; denunciar una injusticia aunque la cometan los míos; reconocer algo bueno aunque venga de los otros; cambiar de opinión cuando la verdad lo exige; y negarme a entregar a un líder la esperanza que pertenece a Cristo.

Eso no produce una iglesia sin diferencias. Produce una iglesia donde las diferencias ya no gobiernan la mesa.

La política puede seguir siendo importante. Cristo tiene que seguir siendo Señor.

Entre ustedes no será así

Volvamos a la escena. Dos quieren los puestos. Diez se indignan. Jesús los llama a todos (Mr 10:35-42).

Quizá eso necesitamos: que Jesús vuelva a llamarnos a todos.

A los de derecha. A los de izquierda. A los del centro. A los que votan con entusiasmo. A los que votan tapándose la nariz. A los que están cansados de la política. A los que hablan de ella todos los días.

Y delante de todos vuelve a decir: «Entre ustedes no será así» (Mr 10:43).

No porque la verdad haya dejado de importar. Precisamente porque importa. No porque las decisiones públicas sean irrelevantes. Precisamente porque afectan al prójimo. No porque debamos dejar de pensar. Precisamente porque necesitamos pensar como discípulos.

Después Jesús no señala un partido. Se señala a sí mismo: el Hijo del Hombre vino a servir y a dar su vida (Mr 10:45).

Ahí está el centro.

La respuesta cristiana a la polarización no consiste en que todos pensemos políticamente igual. Consiste en que ninguna diferencia política tenga permiso para ocupar el lugar de Cristo, deformar nuestro amor al hermano o enseñarnos una manera de ejercer el poder que Jesús ya rechazó.

Y quizá, después de todo, la pregunta final no sea: «¿Quién tiene la razón políticamente?»

Quizá Jesús nos deje otra pregunta delante.

¿Qué está haciendo la política con mi corazón?

Para conversar en la iglesia

1. Lea Marcos 10:35-45. ¿Dónde aparece el conflicto y qué hace Jesús antes de enseñar?

2. ¿Qué diferencia establece Jesús entre la lógica de los gobernantes y la de sus discípulos?

3. ¿Qué conductas políticas de «mi lado» me cuesta más examinar con la misma severidad con que examino al otro?

4. ¿Cuándo una convicción legítima empieza a convertirse en una lealtad desordenada?

5. ¿Qué cambiaría en nuestras conversaciones políticas si Marcos 10:45 fuera realmente el centro?

6. Termine orando por gobernantes, por quienes piensan distinto y por el corazón de la propia iglesia (1 Ti 2:1-4; Lc 6:27-28).


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