Hay una manera de preocuparse por los pobres que termina produciendo odio hacia los ricos. Hay una manera de defender al trabajador que termina viendo al empresario como enemigo. Hay una manera de hablar de justicia social que necesita encontrar culpables antes de encontrar soluciones. También existe el otro extremo: personas que hablan de esfuerzo, libertad y responsabilidad individual mientras consiguen explicar la pobreza sin acercarse jamás al pobre.
Jesús incomoda a ambos.
En Mateo 25 no encontramos un tratado de economía ni una explicación detallada de las causas de la desigualdad. Jesús coloca delante de nosotros algo mucho más difícil de esquivar: una persona con hambre, otra que necesita acogida, una que está enferma, otra que está presa. Luego pregunta qué hicimos cuando estuvieron delante de nosotros.
Nosotros probablemente habríamos comenzado por otras preguntas.
¿Quién permitió que tuviera hambre? ¿Por qué el Estado no hizo nada? ¿Quién concentra la riqueza? ¿Por qué no trabajó? ¿Qué sistema económico produjo su pobreza? ¿Quién tiene la culpa?
Algunas de esas preguntas pueden ser legítimas. Incluso necesarias. Jesús simplemente no permite que las utilicemos para evitar la que nos corresponde.
¿Qué hiciste tú?
Ahí comienza la incomodidad de Mateo 25.
El pobre puede convertirse fácilmente en argumento. Sirve para defender una ideología, atacar un gobierno, cuestionar al empresario, justificar una política pública o combatirla. Mientras discutimos acerca de él corremos el peligro de olvidar algo elemental: el pobre no es una categoría económica.
Es una persona.
Tiene nombre.
Tiene hambre.
Y está delante de nosotros.
La preocupación cristiana por la justicia no comenzó con Marx. Muchísimo antes, los profetas denunciaban al poderoso que aplastaba al débil. Isaías llamaba a defender al agraviado. Amós denunciaba a quienes pisoteaban al pobre. Santiago llegó a hablar del salario retenido al trabajador y del clamor que llegaba hasta Dios.
La Biblia nunca ha sido indiferente frente a la explotación.
Por eso sería un error utilizar el evangelio para santificar cualquier sistema económico, como si el Reino de Dios pudiera identificarse plenamente con uno de ellos. Pero sería igualmente peligroso adoptar una explicación política completa del ser humano, de la sociedad y de la justicia, y después colocar algunos versículos encima para hacerla parecer cristiana.
El cristiano puede escuchar una denuncia y reconocer que existe una injusticia verdadera. Puede examinar estructuras. Puede denunciar abusos. Puede pedir mejores leyes. Puede exigir transparencia. Puede defender al trabajador. Puede cuestionar al gobernante. Puede llamar al empresario a tratar justamente a quienes trabajan para él.
Pero nuestra comprensión del problema humano va más profundo.
El pecado no vive solamente en una clase social.
Puede instalarse en el palacio y en la choza. Puede vivir detrás del escritorio del empresario y en el corazón del trabajador. Puede corromper al gobernante y también al que protesta contra él.
Cambiar estructuras puede ser necesario.
Cambiar el corazón sigue siendo indispensable.
De lo contrario, simplemente cambiamos quién tiene el poder.
Por eso el resentimiento es una señal que debemos vigilar cuando aparece en nuestra búsqueda de justicia. Podemos haber identificado correctamente una injusticia y estar respondiendo a ella con un corazón que también necesita ser corregido.
Es posible tener razón acerca de la pobreza y estar equivocados respecto al prójimo.
Es posible denunciar la opresión y terminar odiando al que consideramos opresor.
Y si odias, ya perdiste.
No porque la injusticia haya dejado de ser injusticia. No porque debamos permanecer en silencio frente al abuso. No porque reclamar derechos sea pecado. Perdiste porque permitiste que aquello contra lo que luchabas comenzara a decidir quién eres.
Jesús nunca nos dio permiso para fabricar enemigos que ya no tengamos que amar.
Ese es uno de los lugares donde el evangelio resulta especialmente incómodo. Cristo no solamente me pregunta cómo trato al pobre. También gobierna la manera en que trato a aquel a quien considero responsable de su pobreza.
La justicia cristiana no necesita odio para mantenerse en pie.
Puede denunciar. Puede confrontar. Puede reclamar. Puede resistir aquello que considera injusto. Los apóstoles mismos entendieron que la autoridad humana tiene límites y que la obediencia a Dios está por encima de cualquier autoridad terrenal.
Pero el cristiano no obtiene de allí permiso para cultivar desprecio.
Tampoco debe convertir al Estado en su salvador.
El Estado tiene responsabilidades. El ciudadano también. La iglesia también.
Yo también.
El problema comienza cuando utilizamos la responsabilidad de otro para escapar de la nuestra.
Puedo exigir que el gobierno atienda al necesitado mientras mantengo cerrada mi propia despensa.
Puedo denunciar que los ricos no comparten mientras nunca comparto lo poco que tengo.
Puedo hablar de justicia laboral y tratar miserablemente a quien trabaja conmigo.
Puedo escribir durante años acerca de desigualdad y no conocer el nombre de una sola persona necesitada.
Mateo 25 no nos permite semejante comodidad.
Jesús hace que el necesitado deje de ser estadística.
Lo pone delante de nosotros.
No todos tenemos la misma capacidad para responder. La propia Escritura reconoce que la ayuda debe darse conforme a lo que una persona tiene, no conforme a lo que no posee. Dios no espera que el pobre termine más pobre para demostrar que es generoso.
Algunas veces tendremos mucho.
Otras veces tendremos poco.
Incluso puede llegar el momento en que nosotros seamos quienes necesitemos ayuda.
Pero siempre queda una pregunta.
¿Qué tengo?
Tal vez no tengo dinero. Tengo tiempo. Conozco a alguien que podría ofrecer una oportunidad de trabajo. Sé hacer algo que puedo enseñar. Puedo acompañar. Puedo escuchar. Puedo compartir una comida. Puedo abrir una puerta. Puedo tratar con dignidad a quien los demás han aprendido a ignorar.
La misericordia no comienza preguntando cuánto tengo.
Comienza cuando dejo de mirar hacia otro lado.
Aquí aparece una diferencia profunda entre el evangelio y nuestras ideologías.
La ideología trabaja fácilmente con colectivos.
Cristo nos devuelve a las personas.
La ideología me enseña a hablar de los pobres.
Jesús hace que encuentre uno.
La ideología puede ayudarme a señalar responsables.
Jesús todavía pregunta qué hice yo.
Eso no significa que las estructuras no importen. Importan. Hay corrupción. Hay abuso laboral. Hay leyes injustas. Hay sistemas que pueden proteger al débil y otros que pueden dejarlo expuesto. El cristiano puede estudiar esas realidades y trabajar para corregirlas.
Lo que no puede hacer es esconder su falta de misericordia detrás de su análisis social.
Tampoco puede convertir su opción económica en evangelio.
El capitalismo no murió por nuestros pecados.
El socialismo tampoco.
El Estado no resucitó al tercer día.
El mercado no puede reconciliarnos con Dios.
Cristo sigue ocupando el centro.
Desde allí debemos mirar todo lo demás.
Por eso nuestra preocupación por la desigualdad no puede reducirse únicamente a cuánto tiene uno y cuánto posee otro. También tenemos que preguntar cómo obtuvo lo que tiene, cómo trata a quienes dependen de él, si existe explotación, si alguien está siendo defraudado, si el vulnerable está siendo abandonado y qué responsabilidad tenemos nosotros frente a esa situación.
Y si encontramos injusticia, actuamos.
Pero vigilamos el corazón.
Porque existe algo terrible: comenzar luchando contra la opresión y terminar gobernados por el resentimiento.
Entonces el pobre deja de importarnos por sí mismo. Empieza a servirnos para justificar nuestra rabia.
Ya no queremos solamente levantar al que está abajo.
Necesitamos ver caer al que está arriba.
Y esas dos cosas no son lo mismo.
El evangelio quiere levantar al pobre sin enseñarle a odiar al rico. Quiere confrontar al rico sin enseñarle a despreciar al pobre. Quiere corregir al poderoso sin convertir la venganza en virtud.
Quiere que podamos mirar la injusticia de frente sin permitir que otro pecado nazca dentro de nosotros mientras intentamos combatirla.
Quizás por eso Mateo 25 resulta tan incómodo para nuestras ideologías.
No permite que el cristiano preocupado por las estructuras se conforme con denunciarlas.
Tampoco permite que el cristiano preocupado por la responsabilidad individual utilice esa idea para desentenderse del necesitado.
Los dos tienen que acercarse.
Los dos tienen que mirar.
Los dos tendrán que responder.
El escenario final de Mateo 25 tiene algo inquietante.
Nadie aparece defendiendo su teoría económica.
Ya no quedan consignas.
Queda el prójimo.
Y queda lo que hicimos cuando estuvo cerca.
Por eso, antes de preguntar quién produjo la pobreza, conviene mirar al pobre.
Antes de convertirlo en bandera, conocer su nombre.
Antes de utilizar su dolor para alimentar nuestra indignación, acercarnos.
Después podremos hablar de políticas públicas, estructuras económicas, responsabilidad empresarial, corrupción, Estado y desigualdad.
Pero habrá una pregunta de la que ninguna teoría podrá librarnos.
¿Qué hiciste tú?
Porque defender la justicia nunca nos dará permiso para abandonar el amor.
Y cuando nuestra búsqueda de justicia necesita enseñarnos a odiar a alguien para poder continuar, algo dejó de parecerse a Jesús.
Si odias, ya perdiste.
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