lunes, 12 de septiembre de 2011

La Palabra De Dios Oída (Capitulo 6 de el Libro La Voz Del Dios Santo De J.I Packer)

Dios ha hablado, dice la Biblia; y ser piadoso significa escuchar ¿u palabra. «Escuchar» en esta frase significa más, por supuesto, que solo tener un radio al alcance del oído mientras el mensaje de Dios se lee en voz alta, se recita o se explica. «Escuchar», en su sentido bíblico completo, implica atención, aceptación y aplicación a uno mismo de las cosas aprendidas; significa escu­char con el firme propósito de obedecer, y luego hacer como la Palabra de Dios demuestra requerir. Es en este sentido que usamos el verbo a través de este capítulo.

¿Qué significa escuchar la Palabra de Dios? De acuerdo a Hebreos, significa, de forma bastante concreta, recibir y res­ponder la Palabra proposicional de Dios (esto es, su mensaje) que nos ha hablado desde el cielo a través de los labios de su Pa­labra en persona (esto es, su Hijo), y también a través de los pronunciamientos de profetas y apóstoles, concernientes a la «gran salvación» que el Hijo de Dios ganó por nosotros me­diante el derramamiento de su sangre por nuestros pecados (véase Heb l:ls, 2:3, 12:25, etc.) La Palabra en persona de Dios se presenta como tema central de su Palabra proposicio­nal, lo mismo habladas que escritas. Lo que Jesús dijo de las Escrituras del Antiguo Testamento —«son ellas [las Escritu­ras] las que dan testimonio en mi favor» (Jn 5:39) — puede de­cirse de ambos Testamentos con igual verdad. Escuchar la «Palabra de Dios escrita», entonces, significa, en último análi­sis, hacer lo que Dios ordenó en la Transfiguración, cuando dijo: «este es mi Hijo amado. ¡Escúchenlo! (Mr 9:7); el que a su vez significa, no solo aceptar las enseñanzas morales de Jesús, sino recibirlo como un Salvador viviente, confiando en su san­gre derramada para el perdón de nuestros pecados, y viviendo de ahí en adelante como esclavo suyo, como uno de los que «si­guen al Cordero por dondequiera que va» (Ap 14:4). El homi­lista nos recuerda que el Cristo viviente «nos habló en persona

en las Santas Escrituras» (Lad Homilíad, p. 370s), y piedad sig­nifica responder de forma directa a su llamado a arrepenti­miento, fe y discipulado. «Escucho la voz de Jesús decir: "Ven a mi y descansa" ... Fui a Jesús...» Nadie que sea extraño a la piedad, en este fundamental sentido cristiano, puede sostener que ha escuchado la Palabra de Dios ya.

Tres aspectos de la vida piadosa, entendida como una vida que escucha el mensaje de Dios, demandan una mención particular.

LA PROMESA

En primer lugar, es una vida ¿efe en loé pronujad de Diod. La fe en la Biblia no es, como los existencialistas lo proponen, un salto en la oscuridad, sino más bien un paso a la luz, donde (para ex­tender la metáfora) uno pone todo el peso de uno sobre el piso firme de las inquebrantables promesas de Dios. Pablo señala a Abraham como gran ejemplo de fe porque, cuando Dios le pro­metió a Abraham, un anciano de setenta y cinco años de edad que no tenía hijos, una pléyade de descendientes, este creyó la promesa, y siguió creyéndola contra toda esperanza hasta que comenzó a cumplirse con el nacimiento de Isaac, no menos que un cuarto de siglo después. «Su fe no flaqueó, aunque recono­cía que su cuerpo estaba como muerto, pues ya tenía unos cien años, y que también estaba muerta la matriz de Sara. Ante la promesa de Dios no vaciló como un incrédulo, sino que se rea­firmó en su fe y dio gloria a Dios, plenamente convencido de que Dios tenía poder para cumplir lo que había prometido. Por eso se le tomó en cuenta su fe como justicia» (Ro 4:19-22, alu­diendo al testimonio de justificación de Abraham que registra Gn 15:6). Pablo señala de inmediato que la fe que nos justifica es, como aquella: una confianza en Dios sobre la base de la in­creíble seguridad que el Señor entregó a su Hijo a la muerte, y luego lo resucitó con el propósito expreso de librarnos de nues­tros pecados (v. 23s). Pero esta no es la única conexión en la que el análisis de la fe que hace Pablo se aplica. La verdad es que toda fe, en cada etapa de nuestro peregrinaje cristiano, es en esencia un descansar en la promesa de Dios. Tiene seguri­dad por naturaleza, porque se basa en las garantías que ofrece

Dios. Esto se ve bien claro en Hebreos 11, donde la fe («la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve» (v. 1) se nos describe como un espíritu de obediencia a los manda­tos de Dios basada en la confianza en sus promesas en general (la promesa de recompensa, v. 6) y en particular (como la promesa de un hijo a Sara, «porque consideró fiel al que le había hecho la promesa», v. 11).

Lo fundamental en la vida de la fe es el reconocimiento de que todas las promesas que ha hecho Dios las ha hecho a su pueblo en el pasado y en el presente están todavía en principio (no siempre en detalle, por supuesto, porque las circunstancias difieren) extendidas a cada cristiano. La fe, nos podemos aven­turar a decir, descansa sobre la teología de la caja de promesas. Esto aparece en Hebreos 13:5s, donde el escritor enseña a sus lectores a apropiarse de la promesa de Dios a Josué, «nunca te dejaré; jamás te abandonaré» (Josué 1:5), como base de con­fianza y paz en cara a la oposición. La verdadera fuente de la paz, la alegría, la esperanza y la fortaleza para resistir del cristiano, está en ser capaz de decir, con Isaac Watts,

Grabado eternamente en placa

La promesa poderosa brilla; Ni pueden los poderes de la oscuridad destruir

Aquellas líneas eternas.

Su palabra de gracia es fuerte

Como esta que construida en los cielos; La voz que enrolla y mueve a las estrellas

Habla todas las promesas.

Mi lugar-escondido, mi refugio, torre,

Y escudo, eres tú, o Señor, Anclo todas mis esperanzas

Sobre tu inerrante Palabra.

La tranquilidad de saber que cada una de «las preciosas y magní­ficas promesas» de Dios (2P 1:4) de las Sagradas Escrituras es «sí» en Cristo para mí (2Co 1:20) es tan inconcebible como el misterio de no saber esto en tiempos de dureza, soledad y

depresión. Pero ese es el estado al que quienes niegan la doctrina bíblica de la inspiración se condenan; porque si no podemos es­tar seguros de que lo que la Biblia dice Dios lo dice, no podemos estar seguros de que sea cierto que haya hecho las promesas que las Escrituras le atribuyen. (De hecho si negamos que la revela­ción es proposicional, estamos afirmando que no las ha hecho. Un Dios que no utiliza palabras no puede hacer promesas).

Podemos ver ahora por qué, como hecho observable, las opi­niones «críticas» de la Biblia siempre han empobrecido la vida de fe, y por qué tantos que sostienen tales opiniones hoy día o diluyeron su fe a una simple moralidad en un contexto vago de optimismo, o la convierten en un atormentador salto existen-cialista en la oscuridad (o, como Robinson en HoneJt to God, hace las dos cosas a la vez). Pero esto no es ni la forma cristiana ni anglicana. El Libro de Oración señala con insistencia las promesas de Dios como fundamentos de fe y esperanza. Las colecciones de la Trinidad VI, XI y XIII resumen la esperanza del cristiano en las frases «tú prometen». El catecismo requiere de los candidatos adultos por el bautismo «fe, mediante la cual creen siempre en las promesas de Dios a ellos en ese sacramen­to» (pensamiento que por desdicha falta del Catecismo Revisa­do de 1961). Una de las conexiones en las que el servicio bautismo del infante gira es la creencia de que «nuestro Señor Jesucristo ha prometido en su Evangelio conceder [al niño] to­das estas cosas [regalos y gracias salvadoras] por las que se ha orado». Este énfasis es especialmente fuerte en conexión con el perdón. «Restaura a los penitentes; conforme a tus promesas a la humanidad en Cristo Jesús nuestro Señor» (Confesión Ge­neral, Oración Matutina y Vespertina). «El todopoderoso Dios ... que.. .ha prometido perdón.. .tenga misericordia de ti...» (ab­solución, culto de santa comunión). Y las «palabras consolado­ras» son promesas divinas y aseguraciones establecidas como bases de confianza de que hay misericordia incluso para noso­tros. Los cristianos de hoy en día necesitan urgentemente recu­perar esta consciencia anglicana de que las promesas de Dios son las bases de la fe; porque cuando los que se dicen cristianos no viven con el gozo del conocimiento de que todas las prome­sas de Dios son suyas, la verdad es que no están escuchando la Palabra de Dios.

LA LEY

Segundo, la piedad envuelve obediencia a leu leyej de Díoj. El con­cepto anglicano de la Biblia es que es un libro supremamente práctico, no solo porque nos lleva a conocer a Dios a través del encuentro de Jesucristo, sino también porque nos da reglas y máximas para conformar nuestras vidas a la voluntad de Dios. En 1540, en el prefacio del libro suyo que hizo época, la Gran Biblia, que ordenó preparar para la lectura pública en cada iglesia en el país, el Arzobispo Cranmer escribió: «Sean las es­crituras los buenos pastos del alma; allí no hay carne envenena­da, ni nada malsano; sean el bocado exquisito y puro. El ignorante encontrará allí lo que debe aprender ... En este do­cumento pueden príncipes aprender cómo gobernar a sus sub­ditos; los subditos a obedecer ... a sus príncipes; los esposos cómo deben comportarse con sus esposas; cómo educar a los hijos ...: y por el lado opuesto las esposas, padres y amos pue­den conocer sus deberes para con sus esposos, padres y seño­res. Aquí todo tipo de personas, hombres, mujeres, jóvenes, viejos, cultos, incultos, pobres, ricos, sacerdotes, laicos, seño­res, damas, oficiales, inquilinos, hombres, vírgenes, esposas, viudas, abogados, mercaderes, artesanos, esposos y toda clase de personas, de cualquier estado o condición, que en este libro aprenda todas las cosas que deben creer, lo que deben hacer, lo que no deben hacer, también concerniente al Dios todopodero­so, así como concerniente a ellos mismos y a todos los demás . La Biblia es tanto una regla para la vida como una regla de fe.

Pero es importante estar claros en cuanto a qué tipo de regla para la vida es. Su enseñanza moral no es un código de aparien­cias externas aisladas, ni un formalismo farisaico, sino una serie conectada de principios e ideales, directamente derivada de la naturaleza de Dios revelada y su propósito con la humanidad, y sü llamado a motivos correctos y a correctos de tipos de acción. La ley de Dios bíblica requiere que seamos personas de un cierto tipo, y también que hagamos cosas de cierto tipo; y el concepto bíblico del amor abarca ambos lados del ideal. Entonces poner el amor como contrario a la ley, como algunos hacen, es tan perver­so como poner el cariño de la mujer por su marido como contra­rio a sus esfuerzos por proporcionarle las cosas que sabe que a él

le gustan. Lejos de ser contrarios, el amor y la ley van insepara­blemente juntos. Se necesita la ley como ojos del amor; se necesi­ta el amor como latidos del corazón de la ley. La ley sin amor es fariseísmo; el amor sin ley es antinomianismo; ambas cosas son aberraciones. Nuestro Señor mostró la conexión entre el amor y la ley cuando dijo: «Si ustedes me aman, obedecerán mis manda­mientos. ... ¿Quiénes el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece» (Jn 14:15, 21). Juan incluso lo puso más sucintamente: «En esto consiste el amor: en que pon­gamos en práctica sus mandamientos» (2Jn 6). Y cuando los cristianos no someten de manera permanente sus vidas al minu­cioso «enseñar ... reprender ... corregir ... instruir en la justicia» de las Sagradas Escrituras (2Ti 3:16), la verdad es que no están prestando atención a la Palabra de Dios.

LA VERDAD

En tercer lugar, la genuina piedad está siempre marcada por el deleite en la verdad de Dios. El Salmo 119 hace esto sumamente sencillo. El salmista ama la ley de Dios. Se regocija en conocer lo que piensa Dios y se aferra, a cualquier costo, a las verdades que Dios le ha enseñado. Su deleite en Dios es, entre otras co­sas, deleite en la Palabra de Dios. En otras partes en las Escri­turas la palabra de Dios se pinta, no solo como alimento, porque nutre y promueve el crecimiento (ICo 3:2, Heb 5:12ss; cf. 1P 2:2), sino también como miel, en razón de su dulzura (Salmos 19:10, 119:103; cf. Ez 3:3; Ap 10:9s). Uno teme que muchos en nuestras iglesias hoy en día sean extraños a este sen­tido de la dulzura de la verdad de Dios, como a todas luces son extraños al amor de la Biblia que evoca, y al sentido del deber de mantener inviolada la verdad de Dios, pase lo que pase, lo que halló expresión en la firmeza de nuestros reformadores en contra del papa y la misa — una firmeza que bajo la reina María llevó a muchos al martirio. La tolerancia de las diferencias en cuestiones doctrinales secundarias es sin duda una virtud an-glicana, pero la general indiferencia doctrinal que encontramos a menudo hoy en día es una parodia del ideal anglicano. El an-glicanismo del Libro de Oración de 1662, con su leccionario de cien versículos por día, su repaso mensual del libro de los

Salmos, sus cultos diarios repletos de Biblia, y el alto valor que le da a la predicación expositiva (vea el ritual y las colectas para Adviento III y día de San Pedro), es una fe de lectura de Biblia, amor a la Biblia, fe y confianza en la Biblia. Sin embargo hoy, los anglicanos se dedican con celo a mantener un estado doctri­nal de laxitud más que una confesión de verdad bíblica. Los Treinta y Nueve Artículos son constantemente objetados en las iglesias anglicanas que todavía lo retienen y el respaldo del cle­ro a las mismas es en estos días bastante insignificante. La idea de que la unidad anglicana es «institucional» y «de culto» más que confesional se aclama como una nueva revelación, y se des­preciado todo concepto de disciplina doctrinal en las iglesias anglicanas. Qué diferencia tan grande del anglicanismo de Cranmer, Jewel, Hooper y Hooker (y lo mismo puede decirse del de Hammond, Pearson, Beveridgey Thorndike). Donde no se le da el debido respeto a la enseñanza bíblica como una trans­cripción de lo que piensa Dios, y el clero da poca señal de estar dispuesto a amar la verdad (2Ts 2:10), así como a permanecer en ella y valorarla, y estudiarla para mantenerla intacta (cf. 2Ti 1:13s), y donde se permite que las doctrinas vitales del evangelio se oscurezcan en aras de una complacencia hueca —lo que Pa­blo no dejó que pasara en Galaciay Colosas— la verdad es que no están prestando atención a la Palabra de Dios.

EL ESPÍRITU SANTO

Pero cómo, preguntamos ¿llega a escucharse de veras la Pala­bra de Dios? En primer lugar, no se escuchará donde no se pre­dique, estudie o lea la Biblia. La primera necesidad es dar a la Biblia el lugar que le corresponde en la vida de las personas y de la Iglesia. Pero aun entonces, el que se escuche la Palabra de Dios depende todavía de otro factor: nuestra receptividad a la obra del Espíritu Santo.

Se le ha prometido a todos los cristianos, se nos ha dicho, el privilegio de que Dios nos instruya (Jn 6:45, citando Is 54:13), y es el Espíritu de Dios quien nos enseña. El Espíritu que ense­ñó todas las cosas a los apóstoles (Jn 14:26, 16:13s; ICo 2:10, 13) es la «unción» que enseña a todo el pueblo de Dios (1 Jn 2:27). Nos enseña no con exposiciones frescas de verdades

hasta entonces desconocidas, como aquellas mediante las cua­les los apóstoles fueron instruidos, sino capacitándonos —a no­sotros que, por haber caído, somos por naturaleza en extremo insensibles y apáticos en cuanto a Dios y las cosas de Dios — para reconocer la realidad, reconocer la divinidad y acoger la autoridad, los hechos divinos y verdades puestos ante nosotros, y ver como todo esto afecta nuestras vidas. A través de la histo­ria, los teólogos han llamado a esta obra iluminación, o ilustra­ción, o testimonio interno del Espíritu. Fue a esto a lo que nuestro Señor se refirió cuando dijo que la tarea del Espíritu sería convencer (Jn 16:8). A través de esto, el Espíritu confirma a nuestra conciencia que la palabra profética y apostólica es en verdad lo que afirma ser: el mensaje de Dios. De la misma ma­nera, nos confirma que Jesucristo es quien dice ser: Hijo de Dios y Salvador nuestro. El Espíritu nos lleva a reconocer la divinidad que Cristo por un lado dice tener y que por el otro lado la Biblia lo confirma como evidente en sí misma. De esta manera nos lleva a someternos a la autoridad conjunta de am­bos. Luego nos capacita para captar lo que ambos nos están di­ciendo, y actúa en nuestras mentes y en nuestros corazones para aplicar con efectividad la instrucción y hacernos respon­der. Fue a través de la obra del Espíritu que los tesalonicenses, según Pablo, «al oír la palabra de Dios que les predicamos, la aceptaron no como palabra humana sino como lo que realmente es, palabra de Dios». Fue también en virtud de la acción del Espíritu que Pablo pudo pronunciar su mensaje como una pa­labra que «actúa en ustedes los creyentes» (lTs 2:13).

¿Pero somos receptivos a este obrar del Espíritu? Mientras nos acerquemos a las Escrituras con retraimiento, interesados solo en apreciarlo histórica o estéticamente, mientras lo trate­mos como un dato histórico humano, apenas seremos recepti­vos. Solo seremos receptivos al ministerio del Espíritu si estamos en disposición, por así decirlo, de meternos en la Biblia y ponernos junto a la gente a la que Dios le habló —Abraham escuchando a Dios en Ur, Moisés escuchando a Dios en el Si-naí, los israelitas escuchando la voz de Dios de labios de Moisés y los profetas, los judíos escuchando a Jesús, los romanos y los corintios y Timoteo escuchando a Pablo, etcétera— y, en tér­minos de nuestra iluminación anterior, unirnos a su

aprendizaje, notar lo que Dios les dice y luego procurar enten­der lo que nos dice a nosotros. Tal disposición es muy limitada en la mayoría de nosotros; somos prejuiciosos, ociosos y esta­mos mal preparados para el ejercicio de espíritu y conciencia que eso implica. Pero esa mayor disposición y esa mayor recep­tividad a hacerlo son dones del Espíritu. Por lo tanto debemos utilizar la oración «enséñame tus decretos» (Salmos 119:12, y siete veces más en este Salmo), como una plegaria, no solo para enseñar sino para ser enseñables, porque sin el último no tendremos nunca el primero.

ENCONTREMOS LA PALABRA DEL SEÑOR

Comenzamos este libro trayendo a colación un problema, la rea­lidad del cual parece innegable. En otras palabras, que a pesar del estudio bíblico intenso y el conocimiento bíblico detallado de nuestros días, nuestras iglesias sufren de una muy esparcida «hambruna de escuchar las palabras del Señor». Hemos tratado de ver cómo ha sucedido esto, y de esbozar de la manera más simple posible la forma de acercarnos a la Biblia que creemos co­rrecta en sí y auténticamente anglicana, y que si se sigue, nos lle­vará a volver a escuchar la Palabra de Dios de una manera efectiva. Los lectores de este libro que, como, su escritor, son hi­jos de una era que está en extremo condicionada en contra de los «métodos antiguos», pensarán que este método presenta proble­mas. No nos interesa negar esto; solo invitamos a nuestros lecto­res a considerar, a la luz de lo que hemos dicho, si la alternativa no presenta problemas aun más grandes. En un libro de esta bre­vedad no es posible considerar muchos de los problemas de los que uno hubiera tomado nota en un ensayo, como no es posible tratar con las ciento y una preguntas — exegéticas, históricas, morales, científicas— que se presentan cuando uno se mete al estudio y meditación del texto bíblico a la luz de los principios es­tablecidos. Ni quizá hubiera sido deseable hacerlo de todas ma­neras. Porque este libro se ofrece, no como un ensayo, sino como un tratado —una preparación mental y espiritual y, esperamos, un incentivo a la aventura del estudio de la Biblia por uno mismo en el espíritu anhelante, expectante, de búsqueda de Dios y te­meroso de Dios como Samuel en el templo: «Habla, que tu

siervo escucha» (1S 3:10). Si permitimos que nuestro estudio de la Biblia espere hasta encontrar soluciones a cada problema que su contenido presenta, nunca comenzaríamos. Todos los estu­diantes de la Biblia llevan con ellos todas sus vidas una aljaba de problemas no resueltos, como también de las certezas que Dios le ha enseñado. Es en vano esperar que vayamos a encontrar res­puesta a todo mientras estamos en este mundo. Lo que importa es que, no importa los problemas, de veras nos propongamos buscar las Escrituras a la luz de los principios correctos y con un método correcto y así a diario aprender de parte de Dios sobre nuestro pecado y su Hijo.

A veces se tiene la impresión de que la misma cantidad de in­formación técnica acerca de la Biblia que los eruditos poseen hoy en día hace que el estudio de la Biblia sea más duro para los laicos de lo que solía ser, al darles tanto más para abordar. Pero la asun­ción de que uno no puede estudiar bien la Biblia sin un montón de equipo teológico técnico es falsa. Si las preguntas que uno trae a las escrituras son algo así como «¿Qué me dice esto acerca de Dios, de mí mismo, de mi Salvador? ¿Cómo encaja esto con lo de­más que sé de la Biblia? Si esto es lo que Dios dijo de esto o lo otro, ¿qué me está diciendo aquí y ahora? Si así manejó Dios tal o más cual situación, ¿cómo me manejará a mí con la mía?», y si uno pone atención al contexto y al flujo de pensamiento dentro de cada libro, sobre todo si uno usa una Biblia con buenas referen­cias marginales, Dios el Espíritu se encargará de que un laico no aprenda menos lo que necesita saber que un teólogo.

Lo que sí hace el estudio de la Biblia más difícil para los lai­cos en estos días que lo que solía ser antes es el desmorona­miento de la gran tradición evangélica de la predicación expositiva a gran escala domingo a domingo en nuestros pulpi­tos. El patrón del Nuevo Testamento es que la predicación pú­blica de la Palabra de Dios provee, por decirlo así, la principal comida, y constituye el principal medio de la gracia, y nuestras meditaciones personales sobre la verdad de la Biblia viene a ser un suplemento a esto, como una serie de meriendas suplemen­tarias, que son necesarias a su debido tiempo, pero cuya inten­ción no es ser una dieta completa. Hay algo profundamente innatural e insatisfactorio en una situación donde el pueblo de Dios tiene que depender del estudio bíblico personal para

obtener su alimentación espiritual, debido a la falta de una predicación expositiva efectiva en la adoración pública. Pero este es un asunto diferente que no podemos abordar aquí.

Seamos claros una vez más: no estamos restándole impor­tancia a la erudición bíblica técnica. Lo que estamos diciendo es que no es solo a los expertos a los que el Espíritu Santo con­cede sus enseñanzas, y que lo que dice el salmista de la ley del Señor en cuanto a que «da sabiduría al sencillo» (Salmo 19:7) todavía tiene validez.

En la conferencia de Lambeth de 1958, el primer informe del comité abordó el tema «La Santa Biblia: su autoridad y mensa­je» .A pesar de algunas características infelices (su negación de la suficiencia de las Escrituras, que ya señalamos , y de la inerrancia bíblica, así como lo inadecuado de su tratamiento del concepto bíblico de que Dios habla) , contuvo mucho que fue excelente, y puso sobre todo un ya necesario énfasis sobre la importancia de la exposición bíblica en el pulpito y la lectura de la Biblia de manera personal y en el hogar. En esto, por supues­to, solo reiteró los principios fundamentales del anglicanismo reformado. La conferencia como un todo endosó al informe una serie de resoluciones, entre ellas un llamado a «todos los miembros de la Iglesia a restablecer el hábito de la lectura bíbli­ca en el hogar» ', y un llamamiento a «las Iglesias de la Comu­nión Anglicana a comprometerse en un esfuerzo especial durante los siguientes diez años por extender el alcance y la profundidad de la calidad del estudio bíblico personal y colecti­vo. La Carta Encíclica se expresó en esta conexión en cuanto al deber del clérigo de esforzarse en su predicación para que la Biblia «tome vida» para sus oyentes, y del «deber del laicado de llevar a la lectura de la Biblia un corazón expectante y aprender una vez más el arte del estudio y la meditación bíblica en priva­do '». Palabras admirables, pero parece que ni en la década si­guiente a 1958 ni desde entonces ha habido alguna respuesta seria a esto. Los anglicanos en el mundo occidental por lo general, así como muchos otros cristianos contemporáneos, permanecen bastante alejados de la Biblia.

Dios por lo tanto, en su misericordia, se dignó a purifi­car nuestras mentes a través de la fe en su Hijo Jesucristo,

y a arrojar las gotas celestiales de su gracia en nuestros duros y pedregosos corazones, para agilizar los mismos, para que no despreciemos ni ridiculicemos su Palabra ine­fable; pero que con toda humildad de mente y cristiana re­verencia, nos empeñemos en escuchar y leer las Sagradas Escrituras, y digerirlas, para confortación de nuestras al­mas y santificación de su Santo nombre, a quien junto con el Hijo y el Espíritu, las tres personas y un solo Dios vivo, sean toda la gloria, honor y exaltación por los siglos de los siglos. Amén (Las Homilías, p. 383).

Oh Dios todopoderoso, que por tu Hijo Jesucristo diste a tu apóstol San Pedro muchos excelentes dones, y lo mandaste a ali­mentar con tenacidad tu rebaño; haz, te imploramos, que todos los obispos y pastores con diligencia prediquemos tu santa Palabra, y que la gente en obediencia hagan Lo mismo, para que puedan reci­bir la corona de gloria eterna, a través de Jesucristo nuestro Señor. Amén (colecta para el día de San Pedro).

Bendito el Señor, quien ha hecho que todas las Sagradas Escri­turas se escribieran para nuestro aprendizaje, concédenos que po­damos en tal sabiduría escucharlas, leerlas, marcarlas, aprenderlas y digerirlas, que por paciencia y consuelo de tu Santa Palabra podamos aceptarla, y siempre aferramos a la bendita es­peranza de vida eterna, la que nos has dado en nuestro Salvador Jesucristo. Amen (colecta de Adviento II).

Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón, como en Meriba, como en el día de Masah en el desierto,

Donde me tentaron vuestros padres, me probaron, y vieron mis obras.

Cuarenta años estuve disgustado con la nación, y dije: Pueblo es que divaga de corazón, y no han conocido mis caminos.

Por tanto, juré en mi furor que no entrarían en mi repo­so (Salmo 95:7-11, RV-60).

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