martes, 13 de octubre de 2009

Evangelismo y Acción Social Por John Stott

Éticamente, hay un redescubrimiento de la responsabilidad del amor por el prójimo, que es el siguiente mandamiento: “Amar nuestro prójimo como amamos a nosotros mismos”. Lo que esto significa en la práctica será determinado por la definición de las Escrituras sobre “nuestro prójimo”. Nuestro prójimo es una persona, un ser humano, creado por Dios. Y Dios no lo creó como una alma sin cuerpo (para que pudiéramos amar solamente su alma), ni como un cuerpo sin alma (para que pudiéramos preocuparnos exclusivamente con su bienestar físico), en tampoco un cuerpo-alma en aislamiento (para que pudiéramos preocuparnos con él solamente como un individuo, sin en los preocupar con la sociedad en que él vive). No!

Dios hizo el hombre un ser espiritual, físico y social. Como ser humano, nuestro prójimo puede ser definido como “un cuerpo-alma en sociedad”.Por lo tanto, la obligación de amar nuestro prójimo nunca puede ser reducida para solamente una parte de él. Si amamos nuestro prójimo como Dios creó (lo que es mandamiento para nosotros), entonces, ineludiblemente, estaremos preocupados con su bienestar total, y bienestar de su cuerpo, de su alma y de su sociedad. Martin Lutero King expresó esto muy bien:

“Religión trata tanto con El Cielo como con la tierra... Cualquier religión que profesar estar preocupada con las almas de los hombres y no está preocupada con la pobreza que los predestina a la muerte, con las condiciones económicas que los estrangula y con las condiciones sociales que los hacen paralíticos, es una religión seca como pieria” (My life wih Martin Luther King Jr. Por Coretta King, Hodder 1970, p. 127). Yo creo que deberíamos añadir que “una religión seca como poeira”, es en la realidad, una religión falsa.

Es verdad que el Señor Jesús ressurrecto dejó la Gran Comisión para su Iglesia: predicar, evangelizar y hacer discípulos. Y esta comisión es aún la obligación de la Iglesia. Pero la comisión no invalida el mandamiento, como si “amarás tu prójimo” hubiera sido sustituido por “predicarás el Evangelio”. Ni tampoco reinterpretar amor al prójimo en términos exclusivamente evangelísticos. Al contrario, enriquece el mandamiento amar nuestro prójimo, al añadir una dimensión nueva y cristiana, expresamente la responsabilidad de hacer a Cristo conocido para ese nuestro prójimo.

Al rogar que deberíamos evitar la elección más que ingenua entre evangelismo y acción social, yo no estoy suponiendo que cada creyente deba estar igualmente envuelto en ambos. Esto sería imposible. Además de eso, debemos reconocer que Dios llama personas diferentes y las dota con dones apropiados a la su llamado. Ciertamente cada creyente tiene la responsabilidad de amar y servir el prójimo a medida que las oportunidades se manifiestan, pero esto no lo inhibirá de concentrarse - conforme su vocación y dones - en alguna incumbencia particular, sea alimentando el pobre, asistiendo al enfermo, dando testimonio personal, evangelizando en el hogar, participando en la política local o nacional, en el servicio comunitario, en las relaciones raciales, en la enseñanza o en otras buenas obras.

Aunque cada creyente, individualmente, debe descubrir como Dios lo ha llamado y dotado, me aventuro a sugerir que la iglesia evangélica local, como un todo, debe preocuparse por la comunidad secular local como un todo. Una vez que esto sea acepto, en principio. Creyentes individuales, que comparten las mismas preocupaciones, serían incentivados a juntarse en “grupos de acción y estudio”. No para acción sin estudio previo, ni para estudio sin acción consecuente, pero para ambos. Tales grupos, con responsabilidad, considerarían en oración un problema particular, con la intención de actuar atacando el problema.

Un grupo podría estar preocupado con el evangelismo en un nuevo conjunto habitacional, en lo cuál (hasta donde es conocido) no vive ningún creyente, o con una sección particular de la comunidad local - una república para estudiantes, una prisión, estudiantes recién-formados etc. Un otro grupo podría dedicarse a los problemas de los inmigrantes y de las relaciones raciales, de una favela de área y de habitaciones deficientes, de un asilo para viejos desamparados o de un hospital; de personas ancianas que tienen pensión, pero se sienten solos, etc. La posible lista es casi interminable. Pero si los miembros de una congregación local fueran a compartir las responsabilidades evangelísticas y sociales de la iglesia en conformidad con sus intereses, llamadas y dones, mucho trabajo constructivo podría ciertamente ser hecho en la comunidad

Yo no conozco cualquiera otra declaración de nuestra doble responsabilidad cristiana, social y evangelística, mejor que aquella hecha por el Dr. W.A . Visser: “Yo creo”, dijo él, “que con respecto a la gran tensión entre la interpretación vertical del Evangelio como esencialmente preocupada con el acto de la salvación de Dios en la vida de los individuos y la interpretación horizontal de esto, como principalmente preocupada con las relaciones humanas en el mundo, debo huir de aquel movimiento oscilatorio más que primitivo de ir de un extremo para el otro. Un cristianismo que ha perdido su dimensión vertical ha perdido su sal y es, no solamente insípido en sí aún, pero sin cualquier valor para el mundo.

Pero un cristianismo que usaría la preocupación vertical como un medio para escapar de su responsabilidad por la vida común del hombre es una negación del amor de Dios por el mundo, manifestado en Cristo. Debe hacerse claro que miembros de iglesia que de hecho niegan sus responsabilidades con el necesitado en cualquier parte del mundo son tan culpables de herejías al igual que aquellos que niegan este o aquel artículo de la Fe o distorsionan las Escrituras”.

Tomado del libro: Cristianismo Equilibrado de John Stott.

Extractado y editado por: Bereano

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